La pobre Rita

“¡Respete mi intimidad como yo respeto la suya!”, dijo Rita. La pobre Rita. Tenía el cardado un poco abollado por detrás, como si hubiera estado sentada con la cabeza contra el sillón de piel, como si hubiera estado dándole vueltas a qué hacer. Rita, la pobre Rita, salió en tromba del portal de su casa, con un vestidito rojo y una chaquetita por encima de los hombros, porque tenía el cuerpo destemplado, y todos los periodistas, carroñeros del dolor ajeno, habían ido a preguntarle qué iba a hacer.

La pobre Rita, ella no quería hacer nada, quería seguir siendo senadora, quería seguir siendo aforada, quería seguir siendo del PP; ese PP al que había visto crecer, expandirse, convertirse en ese imperio de hombres y mujeres rectos, de sonrisas y corbatas caras, y anillos y pelos cardados, o de mocasines y jersey por los hombros. Esos sí que eran ciudadanos ejemplares, con las camisitas recién planchadas y una pulsera patria en la mano derecha y el reloj en la otra. La pobre Rita, que le habían dicho desde el partido, desde su partido, el suyo,  que se tenía que ir, que tenía que marcharse. Ella, que era quien decía quién estaba y quién no.

“¡Respete mi intimidad!”, le dijo al periodista que llevaba horas por fuera de su puerta, porque su redactor jefe lo había mandado allí, a casa de aquella señora -la pobre Rita- porque era allí donde estaba la actualidad, la información, porque los ciudadanos querían saber por qué si se iba del PP no se iba del Senado y se quedaba sola y triste, junto a los Bildu, con los de Compromís, junto a los que querían romper España, y tenía que estar con ellos, la pobre Rita.

El periodista pensó justo en ese momento si la pobre Rita había sido respetuosa con él, con su padre dependiente, con su madre, con los miles de valencianos que la habían sufrido, como los millones de españoles que pagaban un impuesto para que los senadores tuvieran un sueldo aunque no representaran ninguna disciplina de partido.

La pobre Rita se subió en el coche y cerró de un portazo. “Empieza a hacer frío ahí fuera”, pensó. Y luego, remató dentro de su cabeza, coronada por aquel peinado ya histórico, un categórico: “pobre de mi”.

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