Cambia, todo cambia

‘Cambia, todo cambia’, le decía a una amiga hace unos días, añadiendo que es la única manera de discernir lo que permanece (como los afectos que nos profesamos). La sentencia de marras me la había traído a las sienes el así titulado himno del acervo musical latinoamericano.

Pocas cosas más ambiguas que las palabras que terminan aisladas en frases hechas, pues siempre se hallará otra que la contraríe con igual presteza. Pero todas, seguro, tienen un poso de verdad. Y ésta, la de que todo cambia, lo tiene. Que se lo digan a la turba de charlatanes que se valen de ella para vivir a cuenta de quienes la vida, su vida, su entorno (llámalo crisis) se les ha trastocado en su discurrir vital. Desde su grupa gritan, los charlatanes, que cualquiera puede ser astronauta, milmillonario o conductor de masas, que sólo hay que creerlo. Ja. Luego pasan el cepillo sin que se note.

Sin embargo, es así, al menos a veces es así. “Cambia el rumbo el caminante / aunque esto le cause daño / y así como todo cambia / que yo cambie no es extraño”, me retumba de vez en cuando Mercedes Sosa en el espíritu.

Ahora me da por pensar que cambiar acaso sea condición necesaria para querer, apreciar, amar. Y quien no lo hace, quien es incapaz de querer, de apreciar, de amar, quizá es que no ha podido cambiar lo suficiente. Ay.

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