A veces robo

Todos hemos oído aquello de “es mejor de pedí que de robá” pero yo no lo tengo tan claro. A ver, no quiero decir que nos dediquemos a quitar a diestro y siniestro pero, según el contexto, creo que a veces es mejor robar. A mí me han educado para que no pida, si lo hacía me decían que pedía más que las hermanitas de la caridad. Pedir está feo. Y es que si lo piensas, este verbo está cargado de connotaciones negativas.

Vayamos a su definición, según el DRAE:

  1. tr. Expresar a alguien la necesidad o el deseo de algo para que lo satisfaga.
  2. tr. Por antonom. Pedir limosna.
  3. tr. Dicho del vendedor: Poner precio a su mercancía.
  4. tr. Requerir algo, exigirlo como necesario o conveniente.
  5. tr. Querer, desear o apetecer.

Necesidad, limosna, desear, exigir…

Para empezar, es una acción en la que dependemos siempre de otra persona, de su buena voluntad, de su disponibilidad, de que esté de buen humor, de que entienda lo que pedimos, de que sea empático, de que esté en su mano, de que no le suponga un problema y un montón más de ‘de ques’.

Cuando pides estás en inferioridad, el otro tiene lo que tú quieres, sea quien sea, tu hermano, tu amante, tu amigo, tu jefe, dios o el universo. Si pides es porque te falta algo, amor, cariño, dinero, tiempo, comida, trabajo, libertad, una oportunidad… Algo que el otro sí tiene o al menos eso crees. Muchas veces pedimos a la persona equivocada, a quien no te puede ser fiel, a quien no es capaz de amar, a quien no sabe compartir, a quien no dispone de nada aunque lo parezca o simplemente a quien no quiere dar. Eso es frustrante.

Foto: http://contrapicado.net
Foto: http://contrapicado.net

A veces el cuerpo me pide que robe y le envío una respuesta negativa, ‘pedir está feo’, me pongo en mi sitio y no le concedo tregua, me controlo, me reprimo, me castigo por necesitar a los demás, por ser tan sensiblera, por sucumbir al corazón, por depender. Eso me deja un malestar difícilmente apaciguable. Otras me dejo llevar, le doy lo que necesita y robo. Robo caricias de esas que parecen sin querer o aprovecho un contacto casual para quedarme con un olor de los que producen adicción, – como el aroma de un cuello en el hueco que se forma entre la camisa y la clavícula – que casi te hacen llegar al éxtasis. Me encanta atrapar una mirada inesperada de las que te dan la vuelta al estómago tirando con él de todos los músculos de la entrepierna. El tiempo es más difícil, pero también lo he conseguido, sólo se trata de aplicar la estrategia adecuada. El tacto de un pelo recién cortado o de una barba cuidada es fácil de excusar. Me gusta robar la intimidad de los que amo observándolos dormir… A veces prefiero robar.

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