Galápagos (IV)

Cangrejo violinista. Crédito: Natalia Ruiz.

Me preguntaba qué narices eran todos esos agujeros que había en la arena. Cientos. Unos más pequeños. Otros de mayor tamaño. Pero nada. En los días primeros no veía nada entrar o salir de esos agujeros. Y pensaba que eran solo eso: extraños huecos en la arena. Hasta que un día (no porque mi paciencia observadora de estatua se viera recompensada, sino por puro azar) los vi.

De lejos eran una sombra. Al acercarme observé cuerpecillos diminutos y veloces volviendo a sus agujeros.

¡A -JA-JÁ! ¡Son cangrejillos!

Pero no un cangrejillo cualquiera. Estos bichos mínimos son cangrejos violinistas. (Me recordaron a un personaje de “Las doce pruebas de Asterix”, un lanzador de jabalina que tenía un brazo mucho más desarrollado que el otro. Cosas de la mente). Del género uca, los machos son los que tienen esa tremenda pinza. Pero, ¿para qué?

Dicen los expertos que es para proteger a sus hembras y a su territorio del ataque de otros machos. Menuda pesadez, todo el día con ese cacho pinza que pesa casi como todo el resto del cuerpecillo… Los cangrejos no crecen como nosotros, no: ellos mudan la “cáscara”. Van dejando cáscaras vacías por ahí. Durante el proceso son más vulnerables y permanecen escondidos hasta que su nueva carcasa se endurece. Y la cacho pinza también crece. Incluso si la pierden en una batalla, la siguiente muda les proporcionará otra pinza pero, esta vez, en el otro lado (alucinante, ¿verdad?).

Pero eso no es todo.

Una cosa que me llamó mucho la atención al buscar información sobre estos bichejos es el fenómeno de lo que los expertos denominan “deshonestidad” en la naturaleza. A veces, al perder la pinzaca, desarrollan rápidamente otra, de igual o mayor tamaño, pero endeble. Se trata de mostrar una pinza que asuste, aunque sea de “cartón”.

Pobrecillos. Deben vivir muy estresados. Primero, por el peso de la pinza. El peso de defender su territorio. Y si pierdes tu pinza no puedes esperar al siguiente ciclo de crecimiento, no: el tiempo apremia. ¡A fabricar una pinza de cartón! Y a esperar que ningún otro macho quiera hacerte la puñeta.

Cuántas cosas esconden esos diminutos agujeros en la arena…

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