Galápagos (III)

Pareja de piqueros de patas azules con un huevo y un polluelo. Crédito: Natalia Ruiz.
Plan B.

Sobre aquel suelo escuálido que da de comer a tan pocas plantas (casi todo arbustos pinchudos), anidan los piqueros de patas azules (Sula Nebouxii).

Sobre el suelo.
Sin más.

De hecho, algunas parejas anidan incluso en el exhaustivo camino que usan los visitantes para hacer los recorridos por los distintos parajes. Caminos más que trazados y limitados para que no molestemos más de lo necesario. Pero ellos viven allí y, si les gusta el suelo del camino, ellos mandan.

El ritual de apareamiento para conquistar a la hembra es un baile en el que el piquero macho alza sus alas y muestra a la hembra sus patitas.

Yo lo vi.

Tuvimos la gran suerte de visitar varias islas en las que el proceso de reproducción estaba en distintas etapas, así que primero, en Isabela, vimos el baile del cortejo. Una vez más, los humanos éramos transparentes. Los piqueros a lo suyo. Incluso cuando algún turista desaprensivo (al parecer, un youtuber de las frías zonas norteñas de Europa) se acercaba demasiado. Acabó llevándose una reprimenda: “Don’t get so close, you’re streassing them!”, (“No se acerque tanto, ¡los está estresando!”).

El macho alzaba las alas, mostrando su cuerpo y enseñando sus patas, tan preciosamente azules. Realmente bailaba. ¡Estaba bailando! Me pareció que, en el fondo, no bailaba solo para la hembra, que miraba atenta, sino para todos nosotros.

Ya pensábamos que habíamos visto todo lo que podíamos ver sobre piqueros de patas azules. Los observábamos pescar, lanzándose cual cazas de aviación para capturar los peces. Una vez dentro del agua (al parecer, pueden sumergirse hasta unos 25 metros) bucean, ayudados por el impulso, hasta que engullen al pobre pez de turno y vuelven a la superficie. El color de sus patas proviene de los pigmentos que ingieren. Al no procesarlos, parece que les dan colorcillo a las extremidades inferiores. Y un azul perfecto es señal de buena alimentación. Ni mucho ni poco: el justo.

Cuando visitamos Punta Pitt, en San Cristóbal, nos llevamos la sorpresa: en aquellos nidos había huevos. ¿Anda! ¡Pero si allí hay algo moviéndose! No eran solo huevos: en algunos nidos había polluelos. Seguimos caminando y, en los nidos más cercanos al acantilado, ¡pollos totalmente blancos que parecían bolitas de algodón!

Un polluelo de piquero de patas azules junto a uno de sus padres. Crédito: Natalia Ruiz.

Entonces nos fijamos. En algunos nidos había dos pollos. Siempre uno más grande y gordote que el otro. Los pequeños no sobrevivirían (aunque me pregunto una cosa: si hay suficiente alimento, tal vez sobrevivan los dos… Un pensamiento muy “Disney”, ¿no?). Nos explicaron que el segundo polluelo era un “Plan B”. Por si le pasa algo al que eclosiona primero. Una forma de garantizar la puesta.

Terminamos de recorrer aquella maravilla. En realidad habíamos ido, empecinadas, a ver otro tipo de ave, difícil de encontrar: los piqueros de patas rojas. Pero esa es historia para otro post. 🙂

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