Elsa

Su rutina aprendida se repetía milimétricamente. Cada tarde ella se arreglaba para él y salían a dar el paseo diario. Elsa preciosa, con sus mejores galas y su sonrisa puesta. Él, tan serio, siempre dos metros por delante de ella. Juntos pero separados. Después se sentaban en un banco a que pasara el tiempo, compartiendo confidencias nunca pronunciadas. Jamás se dirigían la palabra, uno junto al otro, rozando sus manos y distanciados por un abismo.

En casa no se encontraban, un pacto nunca firmado regía su convivencia. Mientras Elsa preparaba la cena él se

'La puerta del cielo' de Cimino
‘La puerta del cielo’ de Cimino

sentaba a ver la tele y cuando ella empezaba a comer, él se dirigía al baño. Esta coreografía se iba trasladando de estancia en estancia, hasta que uno de los dos caía rendido de tanto bailar.

Elsa cumplía con su parte de la danza esperando que en algún momento él confundiera los pasos y tropezara con ella, imaginaba cómo se fundirían, unidos en un cuerpo maleable, derritiendo todos los escenarios de su baile a su paso, colándose juntos por las rendijas, dejándose llevar. Él ni siquiera la veía, cumplía su parte del trato, pero no la pensaba y, sobre todo, no la sentía.

Un día Elsa dejó de bailar, él nunca se dio cuenta.

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