Galápagos (II)

Iguana terrestre de Galápagos en Islas Plaza Norte. Crédito: Natalia Ruiz.
Iguana terrestre de Galápagos en Islas Plaza Sur. Crédito: Natalia Ruiz.

Sol intenso a intervalos. Algunas nubes por ser el inicio de la temporada fría. Pero, sobre todo, sol. Un recorrido por una isla pequeña que, por uno de sus lados, se está hundiendo en el mar. Dentro de muchísimos años todo será diferente en estas islas. Todo.

Hemos venido aquí solo para verlas. Nos cuentan que se están quedando sin alimento.

Imagínense: solo comen las hojas de los cactus que caen al suelo. Pues ahí están, esperando al sol. Se agrupan bajo los enormes y rojos troncos de una especie de cactus llamada opuntia, también endémica de las Galápagos, como la iguana terrestre de la foto.

Este es un señor iguana (los machos son amarillos y las hembras grises), una de las tres especies de iguanas terrestres de las Galápagos. La sensación es de algo de tristeza en el árido ambiente. Solo árboles de opuntia y riscos. Sin embargo, las aves que anidan en el acantilado, te revuelven el pelo de alegría. Cientos de ellas, de varias especies, haciendo carreras con el viento. Mientras, unos metros más allá, las iguanas terrestres permanecen impertérritas. Esperando. Mirando a alguna parte que no sabemos dónde está.

Sus primas, las iguanas marinas que tanto hemos visto en las costas desde que llegamos, comen algas, agarrándose a las rocas con unas enormes uñas (que parecen zarpas), son negruzas y nadan de maravilla.

Parece que, en algún momento, hubo una especiación y de un tipo de iguana surgieron varias especies: las terrestres se fueron separando de las marinas y ahora son dos especies distintas. Pero eso no impide que, a veces, las iguanas terrestres y las marinas se apareen (macho marino y hembra terrestre), dando como resultado una superiguana híbrida e infertil. Esta superiguana (había unas veinte) tiene las zarpas de la iguana marina y puede subir a las opuntias a comerse sus hojas. No espera. No sabe lo que es pasar hambre. Ni habrá paladeado los placeres de la paciencia.

Allí las dejamos, en Isla Plaza Sur, sentadas bajo sus escasas sombras. Mirando a alguna parte a la que, seguro, no llegaremos nunca.

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