Todo al revés

Dijo que había salido a “cazar Pokemons”. Lo dijo así, como quien dice que había ido al supermercado o a dar un paseo el domingo por la mañana. En principio no entendí nada, porque yo sabía de los Pokemon o pokémones de hace muchos años atrás, de una serie de dibujos animados japoneses. Pero nada más. Y ahora ella decía, con total impunidad y sin licencia que se había iniciado el proceloso mundo de la cinegética virtual. Cazar. Por su modalidad de habla al principio incluso entendí que había salido a “casar” Pokemon, uno con otro, un Pokemon de cada género, o del mismo, porque ya se permitía en este país el matrimonio homosexual. Pero no, era cazar.

A la hora del almuerzo puse la tele y estaban las noticias. Y entonces lo entendí todo. La realidad virtual de los dibujos inundaba las calles y legiones de personas corrían a capturar imágenes en sus teléfonos.

Una adolescente con un piercing en su nariz y el pelo de colores había dicho, en ese informativo, casi como mi amiga, “gracias a la caza ahora salgo de casa”. Entendí que aquella adolescente pasaba las horas frente al teclado de su ordenador, en una habitación semi oscura, quizás con una alfombra y dos pósteres de Star Wars o de una japonesa dibujada con ojos de occidental, y que ahora, cuando aquel mundo de fantasía inundaba la calle ella podría incorporarse al mundo real, al menos para cazar ceros y unos en su terminal de teléfono móvil.

Recordé. El curso pasado había mandado a la calle a mis alumnos a buscar elementos creativos en las gárgolas de los edificios, en los parques, en los letreros de las tiendas, en los adoquines de las calles. Estuvieron un rato, pocos trajeron algo realmente sorprendente.

Hacía sol, un sol espléndido de julio. Corría brisa fresca del Alisio. Miré hacia las cumbres y eché de menos no estar allá arriba, por el Parque Nacional, porque allí, a la vista, entre las retamas, seguro que podría observar alcaudones, bisbitas, lagartos tizones, escarabajos pimelias, y un montón de especies más que no se dan en ninguna otra parte del mundo. O por la noche mirar hacia arriba y trazar líneas entre el cinturón de Orión y el resto de constelaciones.

Bajé la vista, a mi lado pasaron dos chicos enfocando con las cámaras de sus teléfonos, habían localizado a un bicho de esos inexistente en la realidad real y corrían plenos de alegría.

Todo al revés. Pensé.

Esto cacé yo.
Esto cacé yo.
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