Llegó la hora

Llegó el momento del año en el que mi ajetreada rutina diaria se convierte en una sencilla repetición de acciones, como una ceremonia, día tras día hasta que toca volver a la acción. Es lo mismo una y otra vez. Hay quien se cansaría, pero yo no, jamás me aburriré.

Levantarme a las 10, las 11 o las 12.

Tomar un café en taza grande mientras reviso las redes sociales.

Desayunar en la terraza recibiendo la brisa, a veces ventisca, del mar.

Cambiar el pijama por el bikini.

Preparar algo ligero para comer.

Llegó el momento.
Llegó el momento.

Untarme en crema solar.

Calzarme el gorro bien grande.

Andar hasta la playa.

Sentarme en el muro a charlar.

Bañarme en el mar, helado al principio, delicioso al final.

Tomar una caña con chochos.

Regresar a casa a comer.

Dormir una siesta con la ventana abierta.

Andar hasta la playa.

Sentarme en el muro a charlar.

Bañarme en el mar, helado al principio, delicioso al final.

Cambiar el bikini por pantalón corto y camiseta.

Quedar a cenar con los amigos.

Regresar a casa cansada de descansar.

Meterme en la cama con un buen libro.

Dormir toda la noche de un tirón.

Y vuelta a empezar.

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