Good morning Brexit

Alguien había recogido todos los sobres de la propaganda electoral que estos días inciertos habían ido dejando en su buzón, y se acercó a la hoguera en la playa, casi como si ensayara el movimiento que iba a hacer el domingo pero a la inversa, y depositó entre los rescoldos toda aquella parafernalia de nombres y siglas en papeles que le parecían escritos sin sentido. Cuando el aire levantó las brasas, mientras algunas centellas volaban al caer de aquellas hojas -serían ya avanzadas las horas de la noche- se decidía en otra parte del mundo que lo que era ya no sería más. “Bienvenido a todo lo nuevo”, se dijo para sí mientras se daba vuelta hacia la orilla de la playa. Y ni por un segundo pensó que miles de kilómetros al norte de aquella playa del sur del sur, estaban celebrando otra fiesta mucho más trascendente, mucho más ruidosa y mucho más “purificadora”.

Londres 2014-216En esas horas, el Reino Unido acababa de consolidar su rechazo a formar parte de la Europa Unida, del equipo del viejo continente, de los esfuerzos por una moneda única (que allí nunca llegó). Y por seguir conduciendo por la izquierda, por levantar otro muro más, este no físico sino económico, una pared que separará y diferenciará, aún más, a las personas, a los trabajadores, a los inmigrantes, a los turistas. Por hacerse una vez más los singulares y salirse del montón.

Mientras, ese alguien sin nombre, se iría a la cama sin ni siquiera pensar en ello, satisfecho de haber quemado “lo viejo” y con una esperanza en lo que vendría a partir del domingo. Ni le pasó por la cabeza el ruido de cacerolas que se iba a armar en medio mundo tan pronto cerrara los ojos en su plácida noche de San Juan. Seis horas después, cuando despertó, aún allí como el dinosaurio de Monterroso, y abrió la ventana de la radio como cada mañana, tuvo una sensación de que algo había ocurrido durante las horas de la noche: un desorden, una carajera, una debacle, una fiesta, un duelo, miles de personas preparándose, otras miles abrazándose, algunos asustados, otros felices, una revoltura común…

Salió el café, se lo tomó con mucha azúcar. Aún el pelo le olía al fuego, y mientras le pasaba la llave al portón de la calle se dijo: “¿otra crisis? pues otra raya más para este tigre“.

El cielo estaba azul. Igual en Londres había amanecido nublado.

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