El paseo

Foto: pixabay.com (CC0 1.0)
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Las clientas más veteranas de la peluquería ya se han acostumbrado al ritual, pero a las novicias todavía les espanta.

Indiferente al susto que provoca, don Miguel Andújar sube puntual, cada miércoles por la mañana, desde la Plaza Mayor. Asciende por la Calle Mármoles, gira a la derecha en San Juan Evangelista y compra el ABC en el estanco del tío Braulio. Pide una menta poleo en la cafetería vecina y empieza a leer el periódico por la parte de atrás, comenzando siempre por los Obituarios.

Terciando las doce, cuando alcanza por fin la portada, se pone otra vez en marcha y es entonces cuando se aproxima al escaparate del salón de belleza. Acompañando a la pendiente de la calle, su silueta va ascendiendo a medida que cruza la cristalera de izquierda a derecha, mientras en el interior del local cuaja un silencio denso.

Cada miércoles por la mañana, desde hace más de veinte años, don Miguel se planta en el justo medio, se gira hacia su reflejo y lo taladra sin apenas parpadear durante cinco largos minutos, provocando un rosario de risitas nerviosas entre los secadores del otro lado. Hasta que por fin suspira, se levanta la boina y se acaricia la calva, brillante bajo el sol del mediodía.

«Mi primo el diabético hace lo mismo con las dulcerías», suele comentar doña Reme.

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