No sólo machismo

[…] no hay tal cosa como la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias. Y ningún gobierno puede hacer nada si no es a través de la gente, y la gente primero debe cuidar de sí misma”.

Margaret Tatcher (1925 – 2013)

 

La noche del jueves 24 de mayo de 2012 Rosa Elvira Cely, madre soltera de 35 años que vendía dulces en las calles de Bogotá, salió de la institución educativa en la que intentaba terminar el bachillerato en horario nocturno en compañía de dos hombres. Los tres se dirigieron a un local cercano a tomar algunas cervezas y charlar, tras lo cual Rosa se fue en la moto de uno de estos hombres, de nombre Javier Velasco. A las 4:47 de la madrugada del viernes, la línea de emergencias del 123 recibió una llamada de una mujer que, angustiada, pedía auxilio tras haber sido violada. La llamada -al parecer- se cortó, pero el teléfono volvió a sonar 3 minutos más tarde y esta vez la mujer pudo decir dónde se encontraba. Una hora más tarde las autoridades encontraban a Rosa Elvira Cely desnuda y sobre un charco de sangre en un conocido parque de la ciudad.

No voy a reproducir aquí los detalles del estado en la que fue encontrada, únicamente citar las palabras del subdirector del Hospital donde llevaron a Rosa: “Los galenos de urgencias nunca habían visto algo tan brutal y tan horrible como lo que encontramos con esta persona”. Rosa Elvira murió tras cinco días de agonía en cuidados intensivos. Javier Velasco ya tenía una condena por el homicidio de otra mujer, que se saldó con 6 meses en un psiquiátrico, y una investigación por abusar sexualmente de sus dos hijastras, de 3 y 11 años de edad. Finalmente fue declarado culpable y condenado a 48 años de prisión.

Pero este caso no acabó ahí, ni mucho menos, el crimen de Rosa Elvira Cely se convirtió en un icono de la lucha de la mujer contra el machismo e impulsó una ley que lleva su nombre que declara delito penal en Colombia el feminicidio. La hermana de Rosa Elvira, Adriana Cely, demandó al Estado colombiano, argumentando que hubo omisiones “en el desarrollo de las obligaciones de servicio de seguridad y protección ciudadana, debida diligencia para prevenir efectivamente la violencia sexual y de género contra la mujer, mediante los cuales se permitió y ocurrió el secuestro, los actos de violencia sexual y actos de tortura cometidos contra la ciudadana Rosa Elvira Cely”. Incluso el hospital que atendió a la víctima fue sancionado económicamente por no prestar la debida atención a la paciente.

Y el pasado domingo “la guinda del pastel“: la Secretaría de Gobierno de Bogotá, órgano dependiente de la Alcaldía, contesta a la demanda en los siguientes términos:

cely

Sobra decir que las reacciones ante semejante comunicado no se hicieron esperar: respuestas de repulsa en medios y redes sociales, anuncio de concentración de protesta frente a la Alcaldía Mayor de Bogotá, renuncia de Nayive Carrasco, directora de la oficina asesora jurídica de la entidad, palabras de rechazo del alcalde, Enrique Peñalosa… Pero todo esto no debe desviarnos de las cuestiones centrales que todo esto pone de manifiesto, a saber:

Primero, que el machismo es algo que está fuertemente arraigado en la sociedad colombiana, una sociedad mayoritariamente católica y conservadora que ve a la mujer, en el mejor de los casos, como un complemento del hombre (algo sobre lo que ya escribí en este mismo blog).

Y segundo, el enorme individualismo y falta de empatía hacia el prójimo de esta sociedad (si es que se le puede llamar así). Hay más ejemplos de esto en Colombia, como que se culpabilice socialmente a las víctimas de robos de teléfonos móviles por sacarlos en la calle. Y no debemos olvidar tampoco el contexto de las palabras de la Secretaría de Gobierno de Bogotá: se producen en respuesta a la demanda contra el Estado y el distrito, por considerarlos corresponsables de la muerte de Rosa Elvira, no se refieren al crimen en sí.

Todo esto es un síntoma más de las políticas neoliberales que hacen recaer en los individuos la responsabilidad, no sólo de sus propios actos, sino también de las decisiones (o la falta de ellas) de los órganos de gobierno, que ni se sienten responsables ni lo desean. El desmantelamiento del Estado del Bienestar consiste precisamente en esto: en hacernos creer que dejarnos librados a nuestra suerte es sinónimo de libertad, lo que acaba produciendo individuos faltos de ética, faltos de empatía hacia el otro, faltos de solidaridad, individuos que buscan sobresalir y pasar por encima de quien sea para lograr sus objetivos… en resumen: el modelo neoliberal impone el “cuídate a tí mismo” y acaba con la responsabilidad del Estado hacia la gente y, de paso, la de cada uno hacia sus vecinos. La gran pregunta es: ¿para qué coño necesitamos un gobierno que no protege a sus ciudadanos ni se responsabiliza de ello?

 

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