Haga la maldita pregunta

Qué importante es saber cuál es nuestro lugar en cada ocasión.

En toda reunión o grupo de amigos siempre están presentes el tímido que se une por no quedarse en casa, el gracioso que le saca punta a todo rodeadísimo de risas y aplausos y, entre uno y el otro, una amplia gama de personalidades, el cariñoso, el que se pasa un poco de cariñoso, el seco pero comprensivo, el que siempre se está quejando, y mi antifavorito: el que tiene que aparentar en cada frase que no hay de lo que él no sepa. Da igual que le hables de bigudíes o de mecánica cuántica. “Sí, sí, sí, ¡hombreeee, desde luego!”, “Bueno, básicamente sí”, “Evidentemente, eso está claro”… Así desde que llega hasta que se va.

20160510194219_IMG_0218-01Foto: Co’Report

Se le ve venir porque no para de hablar de sí mismo, no de sí mismo en general, solo de una selección de hazañas en las que al final y contra todo pronóstico, ha salido airoso. Y es genial verlo venir porque como dicen en Sevilla “si te tranca por banda” una tarde y te empieza a hablar de lo bien que se le da el golf o de su éxito en el ligoteo y el sexo tántrico puede no parar en horas.

Sin embargo, hay situaciones en las que no se le puede esquivar como cuando tiene un micrófono en la mano. La más desagradable para mí es la de las rondas de preguntas después de cualquier conferencia. Da igual lo experto que sea el conferenciante que como le llegue el micro al amigo listo para preguntar algo empezará por la introducción de sí mismo, la de todo lo que conoce sobre el tema, sobre otros temas, sobre su relevancia,… y, lo peor es que puede que termine su discurso con un “y solo te quería comentar esto, no hacerte una pregunta, sino un comentario”, que es cuando yo miro a las caras de los demás con las pestañas chocándome las cejas y el mensaje telepático: “¿ustedes también han perdido aquí diez minutos de su tiempo y tampoco van a hacer nada?”.

Lo que se lleva realmente mal es tener algo en común con él (basta vivir en el mismo sitio o compartir profesión o carrera) y que los conferenciantes, entrevistados y especialistas se vayan a su casa con la sensación de que todos somos así de sabidillos y faltos de la prudencia que aporta la humildad.

Por esa vergüenza ajena que sentimos los demás por que nos relacionen con este tipo de personas, ya sea científico o periodista, si usted es uno de ellos, piense en lo importante que es saber cuál es su lugar en cada ocasión y la próxima vez que le toque participar en una ronda de preguntas, haga la maldita pregunta.

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