Cartas al pecho

El recinto festero de mi vecindario es un almacén en bloques con suelo de rofe; hay una barra en ele con una cocina al fondo separada del resto del local por unas telas medio transparentes que penden de unas liñas sujetas a las paredes. Pero estamos aquí para hablar de la partida.

En estas jornadas previas a los días grandes de las fiestas (actuará el Charro de Canarias), acontece el campeonato de envite, así que en las mesas los jugadores tienen prioridad sobre comensales y perravinícolas. Acudí como fichaje inesperado de un equipo ya eliminado, que debía concluir con honor la fase de grupos pese a todo. Claro que sé jugar, respondí a un reciente amigo, otro, procurado por mis hijos a través de su movida vida socio-escolar.

Llegué bajo los efectos de la alergia estacional, pero confiado. Mas la primera en la frente: Félix, cartas al pecho, me espetó mi mandador (aunque en teoría no lo era). Ostras, que esto va en serio, pensé. La segunda tampoco la esperaba: la señora rival que tenía enfrente anunció a la mesa que yo acababa de recoger las cartas poniendo la virada en la parte de arriba del montón, y no en medio como es menester, a lo que mi mandador (que en teoría no lo era) replicó que el señor de mi izquierda también lo había hecho antes y él lo dejó pasar.

los triunfos vía Fournier
Quién los pillara (naipes de Fournier)
Hubo tablas. Aunque la carta motivo del conflicto no era triunfo alguno que yo intentase colocar (tampoco hubiese sabido), advertí que había normas que no tenía frescas. Lo corroboré acto seguido cuando reparé en que, a la hora de recoger las cartas entre vuelta y vuelta, no se hacía a la ligera sino por orden y al dictado del mandador: Es que en Lanzarote se juegan unas arriba de otras, me justifiqué entre dientes mientras tragaba saliva.

Con todo esto en la cabeza, casi no me acordaba de realizar el encargo que se me había encomendado: arrayar (para colmo en El Calvario tampoco usan la marca de una, dos y tres piedras equidistantes para señalar que llevas respectivamente siete, ocho y nueve). Mis referencias flaqueaban. Pero aguanté, aliviado por un par de buenas manos surtido de triunfos y chilascos y un carrusel de señas limpias a mi mandador (al oficial).

Ganamos dos a cero, nos dimos la mano y respiré, maldiciendo al inventor de las sillas de tijera. Un rato después, mientras dábamos cuenta de un plato de huevos al estampido y media de vino, llegó el organizador del torneo diciendo que pasábamos de ronda como equipo repescado, una vez recontados los chicos y las piedras (sí, el gol average del envite). Mis mandadores (el oficial, mi amigo; y el de facto, su padre) mostraron sorpresa, igual que un paisano de Guatiza, el tercer hombre. Yo, para erradicar posibles y razonables dudas sobre mi fichaje, dije: así ganó Grecia la Eurocopa (encima erré, que fueron los daneses, aunque lo de los griegos también fue épico). En fin, Los Verdaderos están en cuartos.

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