Eppur si muove

Marshal Hedin @ Flickr.com (CC-BY-SA)
Marshal Hedin @ Flickr.com (CC-BY-SA)

En aquella inmensa sala, de techos altísimos, la ingravidez de aquel punto negro capturó su atención. Minúsculo, infinitesimal, congelado a seis metros por encima de la hilera de sillas.

Dedicó unos minutos a contemplarlo, sin comprender su transparente desafío a las leyes de la física. Apenas un puñado de instantes, robados a un interminable desfile de horas vacías. Y sin embargo, cuando estaba a punto de resignarse a ignorarlo de nuevo y a bajar la cabeza, el punto se movió.

Entre la distancia y la escala tardó en confirmar el levísimo desplazamiento. «Eppur si muove», pensó como tratando de convencerse. Hasta que el avance, tímido al principio, se aceleró hasta hacerse indiscutible. «Claro bobo, es una araña». Misterio resuelto, caso cerrado.

Desde tan lejos no podía distinguir la tela, pero por la trayectoria del bicho adivinó que conectaba la estatua del Sagrado Corazón con la lámpara central. Las primeras luces de la mañana empezaban a ahogar su raquítico resplandor.

Una banda de canarios pasó soliviantando la calle con sus trinos. Luego un coche solitario, con el motor ahogado por el frío. La brisa agitando la basura acumulada en la acera. El llanto de un bebé en la distancia.

Le reconfortó aquel concierto de sonidos opacos, amortiguados por el grosor de las paredes. La vida, indiferente, desperezándose por fuera del velatorio.

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