Se marchó así, sin despedida

Se marchó sin despedida. No era hombre de mucho aspaviento, así que no se hizo llorar en vida. No agonizó ni se lamentó siquiera en sus últimos minutos.

Mi abuelo murió sin el abrazo que uno siempre quiere dar antes de marcharse pero sí dejó, por suerte para mí, recuerdos tangibles de su paso por la tierra.

Desde muy joven, a pesar de haber nacido en el abrigo de una familia acomodada, compaginó estudios y trabajo entre el campo y la casa. Hijo, como sus cuatro hermanos, de un terrateniente con familias enteras asalariadas y una mujer que, como aquellas de su clase, se ocupaba de las tareas del hogar y de acumular cuberterías de plata y manteles con bordados tradicionales para las ocasiones especiales.

10/03/2016 Reportaje sobre vejez, octogenarios, personas mayores, abuelos.
Foto: Co’Report

Mi abuelo no pasó hambre, pero creció con la conciencia de la responsabilidad. Y con ese espíritu formó su propia familia. Pensando en ella se mudó a la ciudad. Y dejó atrás sus huertos y su vida para arrancar de cero en un lugar más apropiado para el futuro de sus hijos y nietos.

Cada mañana nos atormentaba la voz de la presentadora de las noticias a las seis de la mañana y cada tarde nos martirizaba el silencio de tener que respetar su siesta. El resto del tiempo lo pasaba trabajando así que la única manera de disfrutar de su compañía era ir con él. Y en aquellas caminatas a por fruta, plagadas de lecciones de vida, nos iba contando anécdotas, nos iba mostrando senderos y nos iba retrasando el punto de descanso con la habilidad de un personal trainer. Era incansable. En la ciudad parecía conocer a todo el mundo, saludaba al carnicero, al banquero, al policía, al repartidor, siempre con un chiste preparado para cada uno.

Ni él creía en dios ni yo tampoco, pero una mañana de cacería, en un estado de salud considerablemente mejor que el mío, una subida de tensión lo mató en cuestión de minutos y el párroco que ofició su funeral se empeñó en decir que dios se lo había llevado. Ojalá fuera cierto y pudiera volver a verlo porque él se marchó así, sin despedida, pues no fue nunca hombre de mucho aspaviento.

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