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Foto: mortadelon.blogspot.com

Mi padre trabajó toda su vida en una oficina bancaria. Eran otros tiempos, cuando se podía empezar de ordenanza, llevando papeles de aquí para allá, y acabar de director de la sucursal. Se podía y él pudo. Supo subir, pero no supo hacer suya la maquinaria infernal. En todo ese proceso, eso sí, le dio tiempo a acumular experiencias y conocimientos suficientes sobre el tema. Tantos como para atreverse a darme el único consejo laboral del que se creyó capaz: “Trabaja en lo que quieras, menos en esta mierda” (puede que no usara estas palabras, siempre ha hablado mejor que yo).

Debido a su trabajo y siendo yo un tierno infante, llegó a mis manos un cómic (un “chiste” le decíamos allá y entonces) de Mortadelo y Filemón titulado “La historia del dinero”. En aquella época, y más en mi tierra, merchandising no era una palabra que supiéramos pronunciar, pero imagino que cuanto más frágil es el terreno que pisa una empresa, más simpática, cercana y necesaria necesita mostrarse. Y funciona. Ese cómic fue mi libro favorito durante muchísimo tiempo. Lo releí como releen los niños, compulsivamente, hasta sabérmelo de memoria. Mortadelo y Filemón contribuyeron muy mucho a este hecho (¡es el marketing, estúpidos!). Pero además lo que contaban era interesante, y lo presentaban muy bien, ¡qué coño! Grande Ibáñez. Ideas sencillas, hilo conductor fácil de seguir, todo parecía tan lógico. Y es que era lógico. El dinero aparece porque así ha de ser. El trueque está bien, pero para un rato. Todo es más fácil con billetes de por medio. Ya es jodido hipotecarse como para además tener que pagar en ovejas. Mortadelo así lo muestra. Ve Filemón que es bueno.

A día de hoy no tengo ni la más mínima idea de dónde está el cómic. El hecho de que esté perdido puede ser un fino y malvado paralelismo con su título. O no, que la vida es más simple que todo eso. Pero sí me imagino a Mortadelo disfrazándose de pared o de hombre invisible, dejando a Filemón avergonzarse él solo ante todos los niños que crecimos y nos ha dado tiempo a conocer otras verdades. Les diría que ellos no tienen la culpa. No son los culpables de que el dinero sea otra cosa. Que sea juez y parte. Sobre todo juez. Sobre todo parte. Que decida quién tiene derechos y quién no. Quién vive y quién no. Quién triunfa y quién no. Quién vale y quién no. Quién está limpio y quién no. Quién sabe y quién no. Quién aprende y quién no. Quién bebe y quién no. Que sea nuestro aire y  nuestro miedo y nuestro dios. Que sus servidores anden por doquier. Que el libre albedrío viviera en el solar donde se construyó la primera caja de ahorros.

Ni Mortadelo ni Filemón ni el niño que los admiraba (a lo mejor Ibáñez sí, pero no me puedo enfadar con él) eran conscientes de que lo que el hombre crea para facilitarse la vida puede terminar siendo el reloj que marca sus horas y la espada que lo mantiene contra la pared. Como la religión, como las patrias. ¿Cómo los blogs?

Total, que mi padre mañana cumple 71 años. Espero que sea consciente de que, por más que nos empeñemos él y yo en discutir por siglas e ideologías, soy lo que soy porque ha hecho lo que ha hecho y como lo ha hecho. Y lo ha hecho bien. Y cuando se sintió en la necesidad de medio obligarme a algo (“Trabaja en lo que quieras, menos en esta mierda” seguro que con otras palabras) lo hizo aún mejor.

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