Lluvia. Y sueño

lluvia

Toda la noche soñando con la lluvia. Desde que cerró los ojos, no habían dado las 10.30, aparecieron unas leves gotas sobres los párpados recién apagados. Todo empezó como una ligera llovizna, una lluvia horizontal, u oblicua que diría Fernando Pessoa, y a medida que caminaba hacia dentro del sueño llovía más y más. De todas las maneras y formas. Gotas grandes, de esas africanas que están muy frías y traen polvo dentro, hasta verticales cuchillos que atravesaban la tierra y su piel. ¡Qué aguacero! Durante horas sintió todo mojado, el edredón, la cama, la piel, el pelo. Y se veía durmiendo en una especie de charco que reflejaba un cielo nuboso y gris, un cielo amenazador y fresco. Y la sensación no era desagradable, pese a todo.

Se dio vuelta en la cama, porque en aquella postura el agua casi le tapaba la boca y no podía respirar. Aquel sueño se componía de dos elementos: él y la lluvia. Y nada más. No había olores, ni amenazas, ni persecuciones, ni inundaciones, ni nada. Solo precipitaciones continuadas. Y ese ruido de cuando las gotas llegan al suelo, a las paredes, al techo de planchas. Y así toda la noche.

Al cabo de las horas que corresponden al descanso se despertó, como cada mañana de cada día. Abrió la cortina. Y sólo vio una pequeña nube, allá lejos.

nube

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