Cántame un cuento, Guadalupe

 

 

Ven, siéntate aquí
Ven, siéntate aquí

“Un lector es como el sultán de Sherezade. Si se aburre, te corta la cabeza”, le dice a su alumno Claudio el profesor de literatura de El chico de la última fila, recordando el famoso relato de Las mil y una noches. Frente a ese riesgo, el mejor remedio es obvio: contar una buena historia. Y agrega el personaje: “Sin cuentos, la vida no vale nada”.

Guadalupe Royán (Alicante, 1975) nos ofrece su cuello 17 veces en su libro de cuentos Ven, siéntate aquí, y 17 veces sale victoriosa. 17 pequeñas joyas de lo cotidiano que más que leídas piden ser escuchadas, porque las diferentes voces narrativas con las que se cubre la autora convergen al final en una sola, la suya, tan tierna y tan encantadora que uno no puede más que rendirse desde las primeras páginas, imaginarse niña, con la cabeza apoyada en su regazo y sentirse abrigada por sus palabras. Porque este libro también es un viaje, como el de la mariposa monarca, protagonista de uno de los cuentos, aunque nos desplaza por dentro de nosotros mismos, por nuestro yo más melancólico, nuestro yo más complicado y, tal vez, nuestro yo más verdadero. En este campo, huyendo de lo fácil, lo cómodo, parece sentirse cómoda Guadalupe, admirablemente capaz de elegir las palabras más sencillas, la precisas, para guiarnos de la mano a través de las relaciones, que a algunos se nos antojan tan complicadas de describir. ¿Es, entonces, un libro de cuentos de amor? Sí y no. El amor aparece en múltiples formas y es narrado desde múltiples perspectivas y voces y ronda cada página, pero como aderezo a la memoria, la vida, al dolor, al deseo, a los sueños, a las pérdidas, al miedo y al tiempo, que a la vez que envejece también enniñece y nos deja desnudos como ese “niño sin pijama a la hora de dormir” que es una de las imágenes más estremecedoras que puedan describirse.

 

Pero además de los temas, cautiva el lenguaje, tan sencillo, tan desnudo de impostura y tan naturalmente lírico que no encuentra una ni rastro de artificio ni necesidad de demostrar nada, sólo la verdad, la importancia del cuento por el cuento y el deseo de aceptar la invitación y sentarse, con la cabeza en su regazo, a dejar que te cante.

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