Changes

Bowie en el laberinto
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Se murió David Bowie el otro día y no tuve estómago para tuitear nada sobre el tema. Ya, ya lo sé. Vivo en el siglo XXI, que ya se nos va de las manos (el tiempo vuela), y tengo ciertas obligaciones para con las redes sociales. Pero todos los borradores apestaban a postureo de un modo inadmisible. Así que ejercí mi derecho al pésame online según el método del silencio administrativo.

De este modo también intenté reconocer que, a pesar de sus 69 años, a mí Bowie me pillaba de nuevas. A ver, conocía al cantante, cómo no. Pero no me emocionó hasta el otro día y de rebote y me daba vergüenza fingir algo más, no sé, un aprendizaje emocional, una rebeldía adolescente o un shock infantil. A mí de niño Bowie me aburría soberanamente, recuerdo incluso haber apagado la tele de puro tedio mientras emitían el videoclip de “China Girl”. Era el Rey de Dentro del laberinto, en el que me habría perdido con Jennifer Connelly. Y me gustaba Iman, eso sí, pero no terminaba de entender qué era eso de la bisexualidad, sobre todo con esa mujer al lado. Oh, gran Duque Blanco, no tenía nada sincero que ofrecerte y preferí callar.

Como tantas otras cosas, siempre y cada vez más, he descubierto talentos eternos como quien dice el otro día. Canciones que solo siendo geniales pueden admitir que sus versiones también lo sean. Actitudes vitales tan inteligentes que requieren que el espectador esté al menos algo espabilado. Como tantas otras cosas, he degustado placeres adultos solo cuando empiezo a vislumbrar qué puede ser eso que llaman madurez. Y antes… pues antes no. Antes, como Battiato, me empeñaba en buscar “un centro de gravedad permanente que no varíe ahora lo que pienso de las cosas, de la gente” y no me daba cuenta de que el fracaso constante en la tarea podía ser simplemente una señal. La envidia a todos los que se asentaban en unos férreos gustos, posturas y posicionamientos, envidia que aún colea, ahora me permite de vez en cuando disfrutar, paladear, el cambio, la prueba y el error, lo nuevo, lo viejo. Lo otro. Lo demás. Por ejemplo, Bowie.

Pero estoy tranquilo. El Camaleón me entenderá, allá en su planeta, él más que nadie, porque

Just gonna have to be a different man

Time may change me

But I can’t trace time.

 

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