El lado oscuro de Pippi

He de pedir a mi generación, la que no para de recordar que fuimos a EGB, que no critique las series infantiles y juveniles actuales. Reconozcámoslo, compañeros: nuestros personajes favoritos y sus vidas no aguantan una sesuda reflexión de educador ni psicólogo alguno. Digo esto porque a principios de este 2016, el periódico El País publicó un reportaje sobre las dudas que estaba creando Pippi Calzaslargas sobre su idoneidad para los más pequeños. Eso se lo preguntan los protagonistas de la información porque no vieron la serie, adaptación de los cuentos de la escritora Astrid Lindgren. Si de ella hubieran disfrutado y analizaran las trayectorias vitales de quienes rozamos la cuarentena, por ejemplo, verían que, aunque se trata de un personaje poco correcto, no afectó a nuestras responsabilidades.

Los que tenemos la suerte de trabajar, no podemos, como Pippi, quedarnos en casa sin ir al colegio. A los que nos gustaría vivir con un caballo y un mono en casa (y con muchos animalitos más) nuestras parejas y/o familiares nos invitan a elegir entre ellos o la fauna y, por último, si cumplimos con la rutina diaria es, precisamente, porque ninguno de nuestros padres se dio a la piratería y nos regaló un cofre de oro. Así que señores padres y señoras madres de hoy no sufran. Está demostrado que sus hijos e hijas pueden disfrutar de las aventuras de la autónoma y libre Pippi sin tener por qué convertirse en adultos también autónomos y libres.

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