Menos da una piedra

Rachel Chapdelaine @ Flickr.com (CC BY 2.0)
Rachel Chapdelaine @ Flickr.com (CC BY 2.0)

Hubo un tiempo, acaso no demasiado lejano, en el que mi pandilla evitaba como la peste aquel bar de la esquina. Incluso cuando el resto de abrevaderos de costumbre nos aburría mortalmente, siempre había alguno que soltaba: «¿Estás loco? Ahí solo van los puretas». Y así mataba la discusión, abruptamente.

Por aquella época, el año 2000 resultaba una fecha inalcanzable, que superaba incluso a las proyecciones de las películas de ciencia ficción. Atrincherados en su tremenda lejanía, nos divertíamos calculando nuestra edad llegado el cambio de siglo. “Entonces -proclamábamos entre risas- sí que podremos ir al bar de los puretas“.

Hoy el bar en cuestión sigue atrayendo a la misma franja de público, pero por supuesto esa clientela es ahora mucho más joven que quien esto firma. Bien instalados en la cuarentena, «pureta» se antojaría una palabra demasiado generosa si volviésemos a escrutarnos con la mirada de entonces. Ahora que los pellejos se descuelgan y las cabelleras se clarean, aquel pasado nos resulta tan ajeno como lo fue alguna vez este futuro reconvertido a presente.

Les cuento esto porque ayer unos gorjeos madrugadores vinieron a sacarme a empellones de la cama. Y por fin, después de muchos años, conseguí reconocerme de nuevo en aquellos ojos expectantes. El crepitar del papel de regalo sigue siendo el mismo. Menos da una piedra.

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