Las letras que faltan

1. La primera persona con la que crucé palabra tras tocar tierra en Barcelona fue un guardia civil; bajito, bizco y sin acento catalán, me indicó con disposición dónde se cogía la guagua para ir a la ciudad y, yendo más allá, me la recomendó en lugar del ferrocarril porque era más rápida. Le hice caso. La segunda fue un chófer ya en Plaza de Cataluña; con poblada barba, sincera amabilidad y la característica pronunciación de la “ele” del lugar, le pidió un plano a un compañero para comprobar la ubicación exacta de la calle que buscaba.

2. Durante el trayecto había estado contando las banderas con los colores catalanes que pendían de las balconadas; como si esto tuviera alguna utilidad analítica, noté más en el extrarradio y menos conforme nos acercábamos al centro (hube de dejar de mirar cuando consideré que, de tanto alongarme, mi compañera de asiento iba a pensar que no me cortaba un pelo para mirarle el escote).

3. Días antes, al arriba firmante y a un compañero de fatigas nos sorprendió la oscuridad pegando en el suelo con silicona unos trozos de césped artificial. Todo había empezado como un bonito acto de convivencia familiar para ornamentar el colegio de nuestros hijos; como quedaron detalles pendientes, y éramos en buena parte responsables de aquel tinglado, nos fuimos el domingo por la tarde a rematar el asunto. Me dolía la cabeza, estaba cansado y quería acabar rápido, pero pronto vimos que no sería así. Pasamos varias horas encorvados o arrodillados en el patio, mientras el sol se ponía y un vecino nos miraba absorto desde una vivienda aledaña. Mas, en algún momento, aquella inercia alumbró una idea que nos pareció brillante: aprovechar los recortes de césped para hacer un circuito de cochitos, con sus calles, rotondas y otras marcas viales recién inventadas; entonces ya no reparaba en si me dolía la cabeza ni fuimos conscientes de que estábamos alumbrándonos con el móvil para acabar lo que ya no era un trabajo.

4. Ahora mismo estoy recordando un regalo que me hizo  hace varios años la que luego sería mi suegra: tres ejemplares del ABC de los primeros años del siglo pasado, en uno de los cuales se hablaba con preocupación de la “cuestión catalana”.

Aprender

5. Mientras callejeaba en busca de mi hostal, me topé con la publicidad de una oficina de La Caixa: V_AJ_R, APR_ND_R, FUT_RO. Esbocé una sonrisa porque era la misma que estaba en la sucursal de mi pueblo y con la que mi hijo mayor estuvo jugando a descifrar las letras que faltaban; le costó, le eché una mano y al día siguiente las recitó de carrerilla.

6. Tras todo lo cual, de modo naif pienso si valdría de algo aderezar el aparente callejón sin salida actual de la “cuestión catalana” con el afán de ayuda de aquel guardia civil bizco de El Prat, la amabilidad del chófer barbado de Plaza de Cataluña y la emoción que puede emanar del trabajo compartido. Quizá así los dirigentes políticos con algo que decir en el asunto se concentrasen en completar juntos las letras que faltan, para declamar: APRENDER, FUTURO…, ah, y VIAJAR, que hay quien dice que cura el chovinismo.

Viajar.JPG

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