Retoque consentido

Por el título, muchos de ustedes pensarán que voy a hablarles del caso de Inma Cuesta, la actriz que, a sus 35 años, ha visto cómo en una publicación le retocaban cuerpo y cara, a golpe de Photoshop, para reducirle cadera y brillos. Cuesta se ha rebelado contra la dictadura de un supuesto canon de belleza que no se sabe muy bien quién instauró. Pero la cuestión es que yo voy a hablarles de mi caso, por supuesto anodino. Porque esta rebelión de la actriz me ha hecho reflexionar, una vez más, sobre la necesidad que tenemos hombres y mujeres de teñirnos las canas. Con frecuencia me asalta la duda de si es un retoque éste con sentido o una obligación más a la que sucumbimos cada ciertas semanas. Adoro a las mujeres que se dejan las canas al aire y siempre me parecen guapísimas. En el caso de los hombres, éstos han tenido la suerte de que siempre se ha asociado su cana a sexy madurez, pero para las féminas supone, en cambio, un alarde del paso del tiempo que la sociedad castiga con términos como desaliño o dejadez.

A mí la primera cana me salió con quince años y no esperó mucho para irse trayendo cada vez más amigas. Aunque a veces me atrevo a intentar dejar que se muestren al público, siempre termino sucumbiendo al retoque consentido que es el tinte tradicional. ¿Me veo mejor? Sí. Pero no deja de ser un toque artificial que, aunque no tenga gran importancia, me estruja un poquito la autoestima.

Las canas ya no se respetan. Se tiñen. Imagen extraída de desmotivaciones.es.
Imagen extraída de desmotivaciones.es.
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