Aquel día

Mark Ou @ Flickr.com
Mark Ou @ Flickr.com (CC-BY-SA)

El día en el que el teniente Sánchez se levantó la tapa de los sesos, se despertó tarde y con hambre. Irene y los niños se habían marchado hace rato y el sol perezoso del invierno levantaba destellos de escarcha en las esquinas de la ventana de la buhardilla.

Allí se refugiaba, para no despertar a su mujer, cuando las noches en el cuartelillo se alargaban más de la cuenta. Lo cual, por cierto, sucedía bastante a menudo y por las razones más peregrinas. La de anoche, por ejemplo, había sido una boda degenerada en pelea de borrachos. «Esta noche, buhardilla», pensó mientras esposaba al padrino contra el suelo.

El día en el que el teniente Sánchez se descerrajó un tiro en la boca, desayunó zumo de naranja y tostadas con aceite. Encendió la tele, puso los pies sobre la mesa de centro y se tragó todo el programa matutino de crímenes, anuncios incluidos. Siempre que lo veía sufría una puntada de envidia hacia los yanquis. «Los del FBI no es que sean mejores que nosotros -proclamaba en voz alta- sino que tienen más medios».

Claro que su lamento no lo provocaba en realidad las sofisticadas pruebas forenses, sino la naturaleza de los casos. En vez de asesinatos con ántrax, en su unidad lidiaban con navajazos entre cuñados. Pero no, no busquen en la frustración profesional el motivo de su suicidio.

Con la digestión ya satisfecha, el teniente Sánchez se dirigió al garaje y abrió la puerta del todoterreno. Lanzó la bolsa del gimnasio en el maletero y arrancó con la parsimonia del que sabe que tiene un día libre por delante. Puso el termostato a 21 grados, encendió la radio y enfiló la comarcal sin prisa, regodeándose en el calor del asiento calefactado.

Al teniente Sánchez le gustaba machacarse. Disfrutaba anticipando su programa de ejercicio diario. Aquella mañana, además, tenía prevista una sesión de cardio de alto impacto, que era su favorita. Así que tampoco estaba entre sus planes reventarse el cráneo antes de terminarla.

Aquel día al teniente Sánchez le bendijo la suerte. Fue doblar la esquina del centro deportivo y ver liberarse una plaza de aparcamiento justo delante de la puerta. Un sitio amplio, bien orientado, más que sobrado para el Nissan. Puso el intermitente y cuadró el vehículo sin dificultad. Apagó el motor, echó para atrás el asiento y se vio sonreír satisfecho por el retrovisor.

De todos los motivos posibles, tuvo que ser precisamente aquella sonrisa la que llevó a la muerte. Fue aquel gesto sincero, aquella alegría inesperada, la que desarmó de un plumazo todo el peso de su vida fingida. Porque allí, sobre el espejo, se vio más pleno que en la serie de cardio. Más pleno que desayunando zumo de naranja y tostadas con aceite. Más pleno que con Irene y también más pleno que con los niños.

Fue por aquella sonrisa que el teniente Sánchez alargó la mano hacia la guantera. Por aquel aparcamiento que sacó su arma reglamentaria y envolvió, temblando, el cañón con sus labios.

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