Se ruega silencio

¿No les ha pasado alguna vez? Me refiero a comenzar a hablar en un volumen demasiado alto y que alguien te pida por favor que hables más bajo. Llegabas a casa del colegio y le enumerabas a voz en grito a tu madre los mil goles del recreo y toda la tarea que no tenías ganas de hacer y ella te reprendía “Chssst, más bajo, los vecinos”. La mano del profesor extendida, palma al suelo, moviéndose arriba y abajo para pedirte calma, prudencia, moderación. O la reunión de amigos en la que percibes varios pares de ojos suplicándote que no seas escandaloso, que el resto del bar no tiene necesidad de saber quién te ha vuelto a dar calabazas. O esa señora, profesional de sus achaques, que con el ceño fruncido te señala el cuadro de la enfermera con el dedo en la boca, omnipresente en todas las salas de espera “del seguro” que en el mundo han sido. O el velatorio aquél en que el silencio se hace aún más profundo al detectar que el chiste es bueno, sí, pero el espectáculo no. ¿No les pasa? A mí sí.

¿Y no se han fijado? Cuando percibes el gesto, la sugerencia, la petición (el asombro, el enojo y la bronca), y pasado el rubor de haber quedado en evidencia, dejas unos segundos de silencio y reemprendes el parlamento. ¡Desde el principio! Ya puedes haber estado medio minuto hablando de lo humano y lo divino con tal intensidad que en el pueblo de al lado han parado las obras, que tú te callas, respiras hondo, y vuelves a empezar. Bien puedes haber llegado ya a la mitad del chiste y haber comenzado las risas, que te paras, miras al suelo y olvidas a Chiquito para abrazar a Eugenio. Con otro tono, más humano, más civilizado, más real, utilizando quizá las mismas palabras quizá otras similares, vuelves al principio. No me pregunten, pues no lo sé, si el motivo es la vergüenza o solo una búsqueda de coherencia en el mensaje, pero reseteas la vida hasta el momento justo antes del grito. ¿No les pasa? A mí sí.

También me pasa que, en mi ignorancia, tiendo a pensar que todo el mundo es como yo. Así es más fácil. Más fácil de pensar, claro, no el hecho de que todo el mundo sea como yo, que eso habría que valorarlo. Pero lo dicho, en mi ignorancia ahora lo que más me apetece en el mundo es salir a la calle, subirme en una caja de fruta en cualquier esquina, o asaltar los platós y estudios de mayor audiencia, las salas de congresos, las cámaras, las cortes, los púlpitos, las campañas, deslizarme en silencio detrás de todos y cada uno de ellos y espetarles un “SEÑORES, POR FAVOR, BÁJENME EL TONO”. Con suerte, quizá me hagan caso. Con más suerte aún, quizá vuelvan a empezar.

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