Muy mayor para eso

Los abuelos vivían allá abajo, en una casita rodeada de aguacateros y dos palmeras grandes, traídas de no se sabe dónde ni se sabe cuándo, de las que colgaban enormes ramilletes de unos dátiles duros que no eran comestibles. No llegaban los coches hasta allí, en una suerte de desierto paradisíaco en el que no se oían motores ni los ruidos estridentes del progreso fósil de los ochenta. Tenía sus ventajas. Y sus inconvenientes. Los abuelos envejecían pronto, ajados y magreados por los años y el campo, por el sol y la humedad, por el agáchate y levántate una y mil veces, a las papas, al millo, a limpiar la gomilla, a tostar el café en una hoguera y una paellera honda y vieja. Y con la madurez llegaban los achaques y los dolores, y las noches imprevistas, y el aislamiento de todo.

Aquella noche, sería ya un semi adolescente con pelusilla sobre el labio, con la raya al centro y los tenis de baloncesto sin amarrar, mi padre entró en el cuarto de la tele y me dijo: “acompáñame, abuela está mala y hay que llevarle unas medicinas”.

Subimos en el coche, las luces de las casas se fueron diluyendo a medida que salíamos del núcleo urbano. Pensaba por qué no podía ir el solo, pensaba que era tarde y en la tele echaban mi programa favorito, y que hasta tenía sueño.

Aparcamos a la luz de la luna donde se acababa la carretera y caminamos hasta la casa. Abuela ya dormía y abuelo dijo que no era necesario quedarnos. Nos despedimos y volvíamos a desandar el camino hacia el coche. Solos en la oscuridad aquella de plátanos y huertas y árboles. Un ave extraña y grande pasó revoloteando cerca de nuestras cabezas. Se me erizaron los vellos de los brazos y, pese a mi audaz prejuventud, tuve miedo. En una especie de acto reflejo agarré de la mano a mi padre. Él se sorprendió un poco y quizá hasta sonrió con ternura, sin decir nada. Fuimos juntos de la mano hasta el coche; en cuanto lo vimos, allí donde lo habíamos dejado aparcado, lo solté repentinamente. Le hubiera dicho: te quiero papá. Pero ya estaba muy mayor para eso.

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Un comentario

  1. Desde mi punto de vista, nunca se es demasiado mayor para decir “te quiero” y menos a un padre.
    Si se hiciese más a menudo…………… podrían suceder tantas cosas bonitas. Aunque nos parezca que no, a ellos les gustaría.
    Pequeña reflexión que me ha dado la experiencia en el tema.
    Un saludo.

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