Era septiembre (II)

La luz de septiembre pinta las casas de color yema de huevo
La luz de septiembre pinta las casas de color yema de huevo

Sí, era septiembre. Y había pensado en esa palabra, al momento de hacerlo, sin querer la susurró en voz baja y toda la cavidad oral se llenó de los sabores de la sal. Este año no había podido viajar, el verano había pasado entre panzas de burro y días de lluvia desconsolada y a destiempo, que manchaba todo de esa amarilla pátina del polvo de África. Abrió la ventana y unas nubes se dibujaban felizmente contra una esplendorosa tarde de azul. En unas horas la luz, la luz de septiembre, pintaría las casas antiguas con ese colorcito de yema de huevo.

Le pareció que todo había cambiado en estos pocos años, que ya nada era igual. Que los cambios se iban produciendo cada vez con más rapidez, y que aunque se adaptaba pronto a nuevas realidades y situaciones eran cambios al fin y al cabo. En esa caja quedaban las fotos viejas, y si se acercaba mucho a ella incluso oía las risas de los primos en torno a la abuela en la mesa del patio, o saboreaba el salitre de aquellas lagunas maravillosas de El Cotillo en “otro” septiembre.

Pero hoy no le apetecía abrir esas cajas, sino mirar fijamente a las nubes, y pensar en mañana, en como habían crecido sus hijos, en los gritos de las andoriñas saludando a la tarde y en el acogedor olor que salía ya del horno de la cocina a pan recién hecho.

Septiembre, volvió a pensar. Era septiembre.

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