Agua tibia

Estambul, 31 de diciembre de 2010.

Lo de Nişantaşı tiene buena pinta, dijo N al repasar la Lonely Planet.
¿Pero eso no está un poco lejos?
Bueno, sí, al otro lado del río. Pero es que el ambiente por aquí es patético.

No le faltaba razón. En el semillero de albergues que rodeaba a Santa Sofía, el Fin de Año no sería muy diferente al resto de la semana. Mucha happy hour y muchas pizzerías sembradas de mochileros, que se esforzaban como nosotros en poner cara de bien viajados. Un barrio cómodo y manufacturado, tan blandito como falto de carácter.

Dos noches antes había pasado el mejor cumpleaños de mi vida en “Boncuk”, un restaurante armenio de Beyoğlu. Trasegamos una obscena cantidad de mezzes, a cada cual más extraño y delicioso que el anterior, mientras gritábamos sobre la atronadora música de una banda de zíngaros. Si sacar los pies del trasto había salido bien la primera vez, ¿por qué no también la segunda?

Venga, pues vamos.

Tres horas después, a menos de una media vuelta de reloj para la medianoche, ya estábamos arrepentidos y ensaimados. Sin saber muy bien cómo nos vimos encerrados en una avenida de la que no había escapatoria posible. Por alguna razón que nunca entendimos la policía había cerrado las calles laterales y allí seguía entrando mucha más gente de lo que aconsejaba la prudencia. Llegó un momento en el que dejamos de ser dueños de nuestros pies y nos movíamos con la marabunta, en sacudidas aleatorias.

A diez minutos para la cuenta atrás, conseguimos por fin anclarnos contra una farola. Y allí aguantamos como pudimos el espectáculo, bebiendo vino caliente con clavo y enconmendándonos a la Divina Providencia. Llegado el gran momento, todo fue un revoltillo de confetis, petardos, gritos… y más empujones.

 

 

De aquella noche salió una frase. Un mantra cómplice que repetimos durante el resto del viaje: “A esta gente, para ser europea, todavía le falta un hervor“. Medio en broma medio en serio, asumimos que la civilización era un atributo exclusivo de la UE-12 y que se diluía con cada ampliación hacia el oriente. Un ridículo sentimiento de superioridad, no exento de cierta xenofobia, que lo mismo brotaba ante un accidente de tráfico que frente a la pestilencia de ciertos mercadillos callejeros. “Un hervor. Lo que yo te diga“.

Estos días me he vuelto a acordar de la frasecita. Con la misma vergüenza, solo que mayor. Nadie discute lo mucho que ha avanzado España durante el último medio siglo, eso es cierto. Pero todavía se ve la entrada de la caverna. Estos días tocaba hablar de Tordesillas, pero por supuesto las salvajadas de aquel pueblo no son muy distintas a las de mis convecinos.

En ciertas actitudes atávicas y cazurras no es que nos falte un hervor, no señor. Es que para ciertos asuntos apenas hemos comenzado a calentar el agua.

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