Miedo que viaja en dos direcciones

Me ha sido imposible no recordar la serie Refugiados con la situación que se está viviendo en las fronteras de países de la Unión Europea, con la llegada de víctimas de la guerra de Siria en busca de asilo. Esta producción, que mucho me temo no tuvo la repercusión que esperaban Bambú Producciones y la BBC (sí, la prestigiosa compañía inglesa apostó por esta ficción española creada por Ramón Campos, Gema R. Neira, Cristóbal Garrido y Adolfo Valor), resaltaba los problemas de convivencia que pueden surgir cuando un pueblo se ve en el deber de acoger a una numerosa población. En la serie, los refugiados provenían del futuro, pero también huían de la muerte, como es el caso de aquellos que, en nuestro horrible presente, consiguen escapar de Siria, con el lamentable negocio que de las víctimas hacen las mafias dedicadas a estafar a quien ya no le queda nada, ni siquiera patria o al menos tal y como la conocieron de niños. Los argumentos que se vertían en la ficción han comenzado a pulular ya por columnas de opinión de medios de comunicación y, por supuesto, en las conversaciones de bar. Como el espacio no da para más voy a centrarme en dos, uno se basa en la posibilidad de que los refugiados cometan actos de violencia en los lugares de acogida. Como si la confianza no debiera ser mutua, como si ellos no pudieran pensar lo mismo: “¿y si en esa casa que me ofrecen me van a hacer algo? ¿y si me roban? ¿y si dañan a mis niños?”. El miedo, señores, viaja en las dos direcciones. El segundo argumento en contra de la acogida de refugiados se basa en la posibilidad de que la comida no dé para todos. Seamos serios, España no se va a morir de hambre por poco más de doce mil personas que acoja. Además, ¿cuánta comida al día se tira en supermercados y tiendas de barrio? ¿Cuánta en nuestras casas? ¿No será quizás que deberíamos empezar a racionalizar mucho más nuestro gasto? Si para que todos vivamos en paz y con las necesidades vitales básicas cubiertas tenemos que pisar el freno del despilfarro, yo me apunto pero ya.  Los dos argumentos se resumen en una palabra que ya he utilizado, el miedo. El miedo al otro, a la cultura diferente, al extraño. Pero basta con mirar los ojos de ese ser humano cargado de sufrimiento para entender que no podemos cerrar nuestras puertas. Aunque los malos cuelen algún esbirro en las colas que esperan por un futuro mejor. También la maldad humana campa en nuestros pueblos, porque parece ser intrínseca a nuestra configuración, pero nunca debemos dejar que nos atenace el miedo y nos impida abrir los brazos a las víctimas.

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