El fracasado

Foto: Dogan News Agency
Foto: Dogan News Agency

El otro día mi sobrina me llamó fracasado.
Y todo por no llevar dinero encima… ¡Madre mía!
Sin embargo, he de ser sincero, no me preocupó lo más mínimo. Por varios motivos. El primero es que para quince días que la veo al año no me apetece enfadarme. Otra razón es que me hace ilusión oír a una cría utilizar una palabra de cuatro sílabas que no sea uandaireccion. Por último, hay que decir que mi familia es mucho de la broma, eso lo saben hasta los más pequeños. Y el humor es algo así como el arte de no quedarse con lo obvio (esa ecuación Dinero=Éxito) sino rascar un poco más allá, en algún subtexto, y reírse, sobre todo y ante todo, reírse. De todo.
Así que, carcajadas concluidas y después del pellizcón admonitorio (no me había preocupado, pero he de ejercer de tío, dice mi hermana), me retiré a mis aposentos a reposar.
Y reposando, reposando, se me acabaron las vacaciones. Aquí estoy, de vuelta a la rutina. Esa que jamás sabrás si has elegido tú o ella a ti. De vuelta al insomnio por cualquier tontería, a la queja por el precio de la cena de tres platos en ese no-tan-buen-restaurante, al dolor en la planta del pie tras la pachanga futbolera, a la duda continua de si este mes ahorraré algo. De vuelta al televisor encendido, el telediario que te golpea, el país indeterminado que no acabas de sentir, el primer mundo que no sabes por qué ocupa ese lugar en el podio. De vuelta a las fronteras invisibles que matan muy visiblemente, al no comprendo nada, al no sé qué hacer, al no estoy dispuesto a renunciar a mis tres platos ni a mi fútbol ni a mi sentimiento de culpa. De vuelta a la víctima de una guerra ajena que no entiende que no entiendas que no es necesario entender la guerra para entender a la víctima. Que no es necesario percibir las fronteras para que existan, para que sean más molestas cuanto más fuertes se hacen. Que pasa el tiempo y no has aprendido nada, ya no hablemos de solucionar algo. De vuelta al fracaso: no lo comprendes, no lo arreglas y ni siquiera lo sabrías explicar a una niña.
Fracasado.
Pero no lo reconoceré. Nunca. Recurriré a la risa (aunque tenga que fingirla), a la broma, y al pellizcón cuando lo crea necesario, que también es una palabra de cuatro sílabas.

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