La caída

Se intuye que cada pueblo de este mundo tiene un lugar en el que, acaso desde antiguo, algunas personas terminan con sus vidas. En las laderas de Famara, por ejemplo, puede contarse al menos media docena de vehículos que, despeñados desde la cima, acabaron encallados en su descenso risco abajo, mostrando diverso grado de colapso y corrosión al caminante que se atreve por las veredas del lugar.

En su postrero día como aparatos de locomoción, las manos y los pies que los manejaban ni giraron el volante ni pisaron el freno, avanzando con obediencia hasta que el llano terregoso dio paso al precipicio.

Luego se sucederían un corto tiempo de caer al vacío, golpes contra peñascos, vueltas, crujidos de metales o de vidrios…, hasta que todo se aquietase sin que la bruma de la tarde o la mañana hubiesen advertido el acabamiento.

Famara

 

He aquí un escenario y unos hechos. Y a buen seguro que el perito de la aseguradora en cuestión podrá relatar en detalle las razones por las que aquel vehículo hubo de ser declarado siniestro total, pero quiénes, cuántos sabrán los motivos por las que aquellas manos no giraron, aquellos pies no frenaron.

Por eso, cuando el suceso se convierte indefectiblemente en noticia y llega a nuestros oídos, la incomprensión es la única manera respetuosa de lamentarlo.

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