Oh la lá

barockschloss @ Flickr.com (CC BY)
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Cuarenta años de práctica habían automatizado a V. A dos inviernos de la jubilación, flotaba sobre la sala con la autoridad de un mariscal de campo. Un leve estrabismo y una discreta cojera eran las únicas imperfecciones que lo revelaban humano, puesto que todos sus demás gestos estaban bendecidos con una elegancia robótica.

H, el concierge, bromeaba solo a medias al asegurar que sus inclinaciones de cintura eran exactamente de 12 grados. Una docena para saludar a los comensales en la puerta del restaurante y otra para apartar la silla de las damas. Una tercera para ofrecer el menú, una cuarta para tomar la comanda y así veinte o treinta veces por servicio, sin alterar una sola vez la tensión de las lumbares.

Los más veteranos gozaban contando la historia de aquella vez que congeló a Mr G, el heredero de las conservas, a cuarenta metros de distancia. Una mirada de furia desde el otro lado del comedor fue suficiente para que el tejano, que pretendía cenar en shorts, se envainara sus millones y diera media vuelta con el rabo entre las piernas. Jamás volvió a pisar el hotel, a pesar de que hubiera podido comprarlo entero.

Sin embargo, ni los ojos mejor entrenados hubieran conseguido percibir, cada mes de agosto, una leve alteración del gesto. Y menos aún detectar que las reverencias se hacían más profundas y duraderas en presencia de Mme F, marquesa de O, que todos los veranos acudía a tomar baños de asiento en el balneario cercano.

Esos mismos cuarenta años habían servido para consagrar las costumbres de tan distinguida clienta. Cenaba con su marido la primera noche y la última, que caían invariablemente en jueves. Siempre pedía vichyssoise, codornices Alcántara y Tarte Tatin. E insistía en reservar a toda costa la Suite junior de la torre noroeste.

Ni siquiera el más sagaz de los espectadores invisibles hubiera logrado adivinar aquella tormenta de sábanas. Aquel enjambre de brazos y piernas jadeantes que se formaba con precisión matemática el primer sábado del octavo mes. Tampoco que, bajo el dosel barroco, V gustaba de apartar las nalgas de la marquesa y de azotarlas al grito de “ma petite chienne”. Que la ventaja de la Suite junior sobre el resto de piezas no eran sus vistas sobre la Costa Azul sino su impecable aislamiento acústico. Y que los baños de asientos de la marquesa no eran la causa de sus visitas anuales sino su consecuencia.

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