Mi nombre es Región

De mago se va vestido, no disfrazado (Instagram: @LaPuncha)
De mago se va vestido, no disfrazado
(Instagram: @LaPuncha)

El otro día me dio por enseñar fotos del traje típico de mi pueblo. El traje de maga. El de La Orotava de toda la vida. ¡Pa’qué fue eso! Era una reunión mixta: italianos residentes en Austria, italianos, gallegos y sevillanos residentes en Barcelona, catalanes residentes en Inglaterra y una catalana residente en su tierra, que era la protagonista de la foto con el traje en cuestión. La opinión general, con escasas excepciones, fue de sorna disimulada (mi educación me impide reconocer que en realidad fue de chorreo evidente). Aún me dura el mosqueo.

El tema es que estoy haciendo un curso de apátrida por correspondencia (franqueo internacional, tan caro como paradójico) y me resisto a aceptar que el chorreo me jode porque se están metiendo con “lo mío”, que se ríen de MIS tradiciones, de MI cultura, de MI identidad. Que no, hombre, que no. Con todo lo que yo he invertido en este curso. No y no. Tiene que haber otra razón.

Y me ha dado por pensar que la gente, así en bloque, no tiene ni idea de lo que quiere. Me iba a quedar tan ancho, pero mi tutor me ha exigido que desarrolle la respuesta. Es significativo, o a mí me lo parece, que una persona que cada Feria de Abril estrena traje de flamenca y se hace un book amateur en la Plaza de España (moño incluido), ría a mandíbula batiente ante la imagen de una falda pesada de colorines y un gorrito de medio lado. O que alguien que ve normal que los jubilados se reúnan los domingos en la Plaça de Sant Jaume y rindan homenaje a sus pertenencias haciendo un corro alrededor de ellas mientras dan saltitos al ritmo de la tenora con semblante serio, no entienda los bordados de un justillo bien apretado. Y es que estamos rodeados de líneas muy muy finas separando espacios demasiado amplios. Uno puede empezar considerando que lo que conoce es lo suyo, pasar a pensar que lo suyo es lo normal, que no solo es normal sino que está muy bien, de ahí pasar a que no es que esté muy bien, es que es lo mejor. Y sin darse cuenta ese alguien puede terminar queriendo defender las cuatro cosas que conoce (¿defender de qué?) a voz en grito en cualquier barra de bar, o en un estrado, en un libro incendiario o vete tú a saber dónde y con qué.

Total, que argumentando y sin argumentar, no se me pasa el mosqueo. Me he encerrado en casa, pertrechado tras un par de sacos de papas bonitas que he comprado en internet, y echándole gofio al potaje de berros como si no hubiera mañana (y a fe que no lo habrá como este calor dure un par de horas más). Y me retiro, que empieza un documental que llevo tiempo queriendo ver. Va de costumbres raras de tribus de por ahí, todo muy gracioso.

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