Sansón

bobbi vie @ Flickr.com (CC BY)
bobbi vie @ Flickr.com (CC BY)

“Cortito, bien cortito. Y la barba fuera”. Ofelia no pudo disimular el asombro cuando vio entrar a su marido en la peluquería. Y menos aún al escuchar, de sus propios labios, aquella petición tan extravagante.

Quiso ocuparse en persona. Soltó la brocha de las mechas, dejó plantada a su mejor clienta (Doña Francisca, que soltó un bufido al saberse en manos de la aprendiz) y le pidió que pasara al lavabo.

– Pellízcame por si estoy soñando.
– No aguanto más el calor.
– Bendito verano. En quince días ha conseguido lo que a mí me ha costado seis años.
– ¿En serio tienes apuntada la fecha?
– Soy peluquera. No me hace falta.

Llegado el fin de semana, la llevó a cenar a un sitio caro, de los que ofrecen más de un par de cubiertos. Y de regreso al coche dieron un largo paseo por la costa.

Al poco empezó a abrirle la puerta del coche y volvió a descubrir el desodorante. Todo bastante sospechoso. Sin embargo, cuando una noche insistió en sumergirse en sus regiones australes, ya no pudo aguantar más.

– Paco, estás raro.
– ¿Qué pasa, que no te gusta?
– No, no es eso. Pero es que chico, pareces otro. Lo de Sansón al lado tuyo se queda chico.

Tardó hasta mediados de agosto en descubrir el motivo, encarnado en la animadora infantil de la piscina. Pechugona, algo gordita, veinticinco años. “Menuda putada”, pensó Ofelia. “Menuda putada que el verano no dure un poco más”.

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