Magerit

Ed Schipul @ Flickr.com
Ed Schipul @ Flickr.com

Quince veranos después vuelvo a recorrer sus calles. Entre los fashionistas abundan las barbas, los tatuajes asimétricos y los moños altos. Entre los locales, las franquicias de yogur helado. Pocas novedades para una ausencia tan larga.

Ha llegado la explosión de las terrazas y deambulo parándome a libar en ellas. Encadenando plazas, de caña en caña, como un zángano incapaz de despegar del asfalto. Atocha, Antón Martín, Tirso, Latina. Los sonidos se deshilachan y las siluetas se ablandan. Ferraz, Parque del Oeste, Martín de los Heros, Conde Duque. Noto el preámbulo de un cimbreo.

Me he comido todo el sur de Gran Vía y a sus vientos me encabalgo para regresar. En Sol los vendedores ambulantes siguen catapultando sus figuras fluorescentes hacia el infinito. Después de quince veranos, sólo han cambiado el proyectil. Hipnotizado, me apoyo en un semáforo y los veo desaparecer en el cielo amarillo. Envidio la ingravidez de sus aterrizajes, la grandiosa visión panorámica de su cénit.

Ahora que se anuncia el cambio, me gusta entretenerme con los restos del naufragio. Con las tiendas de fajas y las quincallerías. Con los camareros de bigote mortecino y pajarita torcida. Con los lixiviados fétidos de los mercados y las trompas lívidas de las cabezas de cerdo. De esta ciudad canalla me gusta hasta lo feo.

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