Historia de un banco

IMG_20150523_115108El banco que protagoniza esta historia nada tiene que ver con los que se ocupan del bolsillo, esos que te chupan la sangre gota a gota y cuyos culos son salvados a pesar de que sus métodos sean miserables.

Mi banco (el que ven en la foto) es un banco que, por el contrario, no hizo más que darme durante muchos meses sin pedirme nada a cambio. El banco en cuestión me proporcionó toda clase de sentimientos: amor, ternura, tristeza, añoranza, agradecimiento, rabia…

El banco, que era el destino final tras una corta o larga caminata, no está en medio de un hermoso parque, no se encuentra entre árboles o está rodeado de un bello entorno, es uno más en un patio de cemento circundado por altos edificios. No hay sombra que lo proteja, por lo que había que elegir el momento en el que los bloques proyectaban su velo sobre él para poder sentarse un rato si hacía calor.

Hace unos días, después de más de cinco años, me senté de nuevo en el banco. Lo hice a la derecha, respetando el lugar que escogía siempre mi abuela cuando, tras unos lentos paseos cogida de mi brazo, me decía: vamos a sentarnos ya, que hemos caminado mucho. Me senté y casi, casi, pude notar su presencia. Casi pude escuchar su risa tras una ocurrencia, suya o mía. Casi pude oírla contarme historias tan viejas como ella una y otra vez, con frecuencia las mismas varias veces durante la misma conversación. Casi pude tocar su mano de piel suave y arrugada. Casi. Parece mentira todo lo que puede darme un banco.

 

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