Dejarla pasar

La conocí cuando yo era pequeña. Ella también era una cría, supongo que no tenía más de veinte. Limpiaba en casa de la vecina y también limpiaba en casas de gente de dinero.

En una de esas casas conoció al hijo de doña J, que empezó con ella una amistad que se convirtió en otra cosa y encendió dentro de ella la velita de la ilusión. La ilusión de dejar de oler a lejía y de no escurrir más trapos que los de su casa y sólo en caso de que fuera necesario.

Desde entonces, aunque seguía limpiando en casas, tenía la esperanza, prácticamente la certeza, de que en algún momento él le propondría un plan de vida muy distinto de aquella realidad que nunca quiso pero que tampoco hizo mucho por cambiar. Sólo se dejaba arrastrar, dejando pasar el tiempo a ver si algo cambiaba.

Esa posibilidad para ella se llamaba X y era el hijo de doña J, que una vez la llevó a Londres. La llevó a abortar porque un despiste amenazaba con desbaratar los planes que él sí tenía para su propia vida. Por descontado, ni se le pasaba por la cabeza que el chiquillo naciera y, mucho menos, casarse con ella.

Al regreso del viaje relámpago, él ya no era simpático ni cómplice, sólo correcto. Y distante, como si nunca hubieran tenido confianza. Aún así, la velita siguió ahí, prendida, mientras ella seguía limpiando casas ajenas, cantando canciones de Julio Iglesias, esperando.

Con el tiempo, la llamita de la vela se convirtió en un resentimiento seco y arrugado como una pasa que le agrió el carácter a la misma velocidad que se le cuarteaban las manos de escurrir trapos y de estrujarse las penas. Pocas veces cantaba ya pero sí salían de su boca críticas despiadadas sobre cualquier persona de la que se hablara.

De X, el hijo de doña J, no supe más. Me imagino que seguiría con su vida. A ella la he seguido viendo, igual de resentida por aquella oportunidad que se le escurrió sin poder evitarlo.

No sé si alguna vez, en todos estos años,  pensó que había otras opciones, que tenía que molestarse en buscarlas y agarrarse a ellas, o solamente contempló la idea de dejarse ir, como si fuera un palito en una corriente de agua.

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