De aquellos veranos y de estos inviernos

De niño adoraba las vacaciones de verano en el camping, esa forma de vida colectiva que me permitía tener siempre amigos, desde el amanecer, para jugar. El campamento al que íbamos era de tercera categoría y casi siempre el agua estaba fría, pero poco nos importaba eso. Al fin y al cabo, era verano.

Ahora, en cambio, en invierno, el agua fría hiela los pensamientos y entumece el cuerpo y la tienda humanitaria en la que vivo con los restos de lo que fue una gran familia deja entrar el viento. Nunca imaginé que un acto tan sencillo como abrir un grifo se convirtiera en un sueño imposible. Ni que mi lugar de residencia se transformara en una jaula. Ni que el horizonte fuera una utopía. Ni que mis ojos se enrojecieran de tanto mirar el paisaje tras las puertas de este campo, donde la ayuda humanitaria quiere pero no puede con todo, en busca de una salida, de una oportunidad de vivir en paz y con la opción de luchar por una vida en condiciones dignas. No pensé jamás que ese mar, de mis juegos de niño, de mis paseos de joven enamorado, de mis castillos de arena con mis hijos, se convirtiera en un muro y pudieran significar sus aguas la diferencia entre la vida y la muerte.

©Karem Issa y Médicos Sin Fronteras. Colabora con msf.es.
©Karem Issa y Médicos Sin Fronteras. Colabora con msf.es.
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