El dibujo de los años

Mi calva está haciendo progresos. Lo descubrí el otro día, mientras compraba papel de regalo en el chino de Tejina. La tienda está equipada con cámaras que enfocan los pasillos desde distintos ángulos, incluida una que mira al área de la caja desde arriba, apuntándote directamente a la coronilla. Mientras pagaba, por curiosidad, escudriñé las pantallas que tenía delante el dependiente, cuatro monitores en blanco y negro en los que se podían contemplar los rincones estratégicos del establecimiento.

Reconozco que me costó encontrarme, pues no suelo verme desde esa perspectiva, aunque al descubrir que en la fila no había ningún señor gordo y calvo con tres rollos de papel y un paquete de silicona en la mano supe que aquel no podía ser otro que yo mismo. Intenté buscar la cámara, para mirarla y verme de frente en el monitor, pero es imposible, ya que no puedes mirar al objetivo y a la pantalla a la vez. Estos inventos están hechos para que te tengas que tragar sí o sí la maldita visión cenital de tu cabeza despoblada.

La cámara del cajero, siempre apuntando a la calva.
La cámara del cajero, siempre apuntando a la calva.

Por lo que pude ver, en mi almendra comienzan a pasar cosas extrañas. La frente despejada empieza a unirse con el desierto franciscano, arrasando el poco pelo que quedaba entre las dos zonas y acercándome un poco más a un grado siete en la escala Hamilton-Norwood, el no va más en el mundo de la calvicie. Allí, contemplando de reojo los monitores del señor chino, sucumbí al rechazo de la evidencia y después a la decepción.

—El brillo de ese aparato debe estar mal, por eso el pelo débil parece calva. Me cago en todo, ya soy un hombre de mediana edad sin pelo y rechoncho que sale de paseo por La Laguna, como Almunia, Chanquete o Antonio Resines —me dije con resignación.

Gracias a las pantallas de una tienda china pasó ante mis ojos la historia de mi pelambrera, la infancia en la que agitaba mi melena lacia al viento; una adolescencia de excesos, Patrico, secador y gomina; los tiempos de coleta en la universidad y una madurez otoñal, en la que el arbusto antes frondoso se ha empezado a secar. Mi calva, al fin y al cabo, no es más que el dibujo de los años y de tantas experiencias, el inexorable transcurrir del tiempo que queda grabado en mi cabeza.

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