Stephen Hawking quiere volver a Tenerife

Stephen Hawking, durante una de sus conferencias en Starmus.
Stephen Hawking, durante una de sus conferencias en Starmus.

Abrió su página en Facebook el 7 de octubre, pero hasta ayer no escribió su primera actualización de estado. Stephen Hawking, el conocido cosmólogo y divulgador científico británico, ha publicado en las últimas 24 horas tres entradas en esta red social. Están firmadas con un “SH”, señal de que se trata de una obra suya y no de su equipo de colaboradores.

En la última, subida alrededor de la pasada medianoche, se refiere al festival Starmus que se celebró a finales de septiembre pasado en Tenerife, al que asistió. En él viene a decir que le encantó este encuentro “porque es una combinación de ciencia y música rock”, dos cosas que ama; revela que sus intervenciones favoritas fueron las de los astronautas rusos sobre el fracaso de la Unión Soviética en la carrera espacial; el relato de Robert Wilson —que me extraña que no conociera— sobre cómo él y Arno Penzias llegaron a pensar que una extraña interferencia, que más tarde se confirmaría como la radiación de fondo de microondas, estaba causada por las cagadas de paloma en su antena, o la conferencia sobre vida extraterrestre de Richard Dawkins. Incluso bromea y afirma: “Alguna gente dice que yo mismo soy un alien, con mi voz de robot”. Y concluye: “Espero que haya un Starmus el año que viene y que ustedes me inviten”. Que quiere volver a Tenerife, vamos.

Soy de letras puras. Sin embargo, a través de la literatura y la filosofía me acerqué irremediablemente a algunas grandes cuestiones que pesan desde hace siglos sobre la humanidad y que imagino que todos se han planteado alguna vez: qué es el tiempo, cómo sería un universo sin tiempo, qué relaciona el paso de las horas y el espacio, qué pasa cuando dejan de funcionar las leyes de la física… Verlaine, Antonio Machado, Poe, María Luisa Bombal, Borges y tantos otros se han enfrentado en algún momento a estas preguntas. ¿Obtendrán algún día respuesta? Sinceramente, creo que no. Llegados a este punto, la literatura y la filosofía han entrado en el inventario del cosmólogo como herramientas a las que recurrir cuando la ciencia, tal como la conocemos hoy, se queda sin recursos.

Pensar en el origen y características del universo provoca a priori una extraña sensación de empequeñecimiento, de ridiculez de nuestra existencia. Sin embargo, después de una reflexión sosegada, nos damos cuenta de que puede ser todo lo contrario: cualquier humano, científico o no, es capaz de contener en su cerebro una representación aproximada de la inmensidad de todas las cosas. Nosotros, partículas insignificantes en el océano, imaginamos la inmensidad y la recreamos en nuestras mentes. Somos parte del cosmos, un cosmos que a través de nosotros es capaz de conocerse a sí mismo y cobrar conciencia. ¿Cuál es en realidad nuestro tamaño?

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