Así me reconcilié con Stephen Hawking

Sí, al final lo hice, fui a oír a Stephen Hawking en el festival Starmus el pasado sábado. Admito que jamás se me habría ocurrido comprarme la entrada por iniciativa propia, lo de los agujeros negros, admito, no me emociona. Tampoco me alegra ver a un ser humano postrado en una silla sin prácticamente poder moverse; me parece cruel. Realmente fui a verlo por el Padi, que es un flipado de estos temas desde que era niño.

Ya saben que en el fondo soy bastante novelera, e invadida por eso de que aquello era «un momento histórico» me planté allí a ver si era capaz de seguirle el rollo a un señor que merece mis enormes respetos y hasta mi admiración, no tanto por su cerebro privilegiado y los asuntos que maneja (nótese cómo controlo la terminología del cosmos), sino por ser capaz de aguantar con la que él lleva encima tanto zarandeo de un lado a otro. No me entiendan mal, y repito que me admira su capacidad para investigar, pero siento en cierta forma que un ser humano que por desgracia se ve en esas circunstancias es como si su dignidad hubiera sido arrebatada, que es más bien un producto de marketing, que deciden por él…

Hawking
Un instante de la conferencia de Hawking en el Auditorio de Tenerife el pasado sábado.

En fin, que cuando por fin salió al escenario me propuse hacer un esfuerzo por comprender su discurso. Era obvio que el público al que se dirigía no estaba compuesto por eminencias en astrofísica, aunque allí estaba el simpático cosmonauta ruso Alexei Leonov, el primer ser humano que paseó por el espacio en 1965. Pensé que no podía ser tan complicado, por lo que me concentré con mis cascos de traducción simultánea.

Empezó bien, haciendo un guiño a los espectadores. Un «Can you hear me?» salido de su brutal-ordenador-increíble-de-la-muerte arrancó los aplausos del venerable. Y continuó bien también, con un lenguaje asimilable, hablando del Universo como si fuera un holograma, hasta que se arrancó por soleares. Teorías del Estado Estacionario, el teorema del no-pelo, las triesferas de tiempo o las fluctuaciones térmicas en el Universo temprano empezaron ya a rechinarme en mi absoluta ignorancia (confieso que todos estos conceptos he sido incapaz de retenerlos; he ido a leer el discurso completo por escrito).

Llegados a este punto y viendo que el Padi seguía alucinando y que yo era una tronca sin remedio, me dediqué a fijarme en su mega silla y en su incomodísima postura. Pensé en qué puede pasarse por una cabeza que funciona a la perfección dentro de un cuerpo yerto. Y pensé también en si Hawking no habría meditado alguna vez interrumpir su vida en algún momento a lo largo de sus últimos 50 años, tras asistir en primera persona a ese gran deterioro físico que lo ha llevado a estar como está. Mientras pensaba todo eso busqué en mi móvil discretamente y empecé a leer enlaces sobre este cosmólogo.

Así, supe que era ateo, que había intentado suicidarse, que no fue un buen estudiante en el colegio, incluso en la universidad, que ocupó la misma cátedra en Cambridge que Isaac Newton o que se había casado y separado, como cualquier hijo de vecino. Fue entonces cuando me reconcilié con Stephen Hawking, lo sentí más humano.

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