Padilla y el olor del dragón

Kata Sochin

Los gimnasios de kárate huelen a pata sudada. De pequeño, a mi padre y mi madre se les ocurrió la genial idea de apuntarme en uno, el Shuri-Te de La Laguna. Está, pues existe todavía, en la calle Viana, muy cerca del cruce con la Anchieta. En esa época el casco histórico no era peatonal y tampoco abundaban las tascas por la zona. Estaba el bodegón Méndez y un poco más abajo, en dirección hacia la Trinidad, el bodegón Viana, otro clásico del centro de la ciudad. El Viana y el Shuri-Te competían a diario a ver quién atufaba más. Si venías caminando desde la plaza del Cristo, al llegar al cruce era habitual que una ráfaga de viento te metiera por la nariz un profundo aroma a calcetín. Entonces mirabas a la derecha, regañado, y veías dentro a treinta niños y adolescentes, con los pinreles al aire, haciendo ruidos guturales y dando patadas ninja dirigidas a ninguna parte. Apenas pasada la puerta del gimnasio, el perfume de cabrales empezaba a fundirse, metro a metro, con la peste a chopito choricero del Viana. Hay quien se refiere a esos escasos 400 metros de la calle como el zoco lagunero, por la intensidad y variedad de los aromas. Yo creo que exageran.

Por más que sigo dándole vueltas, no logro dar con el motivo de la pasión de mis progenitores por el arte marcial japonés. Es verdad que les encanta el shushi, el sashimi y esas cosas, pero eso es de poco para acá. Ellos siempre han sido unos noveleros e igual es que cuando era chico, en La Laguna de los años 80, molaba lo de apuntar a los chiquillos a clases de kárate en el gimnasio Atlántico o en el Shuri-Te. O igual es que por alguna extraña razón me empeñé yo. El caso es que, fuera como fuera, acabé allí, con el karategui y un cinturón blanco que jamás, para mi desgracia, cambió de color. Pasados los años solo recuerdo tres cosas de aquella experiencia: la patada maguasi gueri, el puñetazo Yoko Ono y el tufo a pies.

Duré dos telediarios. Y eso que cuando entré pensé que en poco tiempo estaría dando patadas voladoras por la calle San Agustín, arriba y abajo, ante la mirada atónita de mis compañeros del cole. Sin embargo, los meses pasaban y el cinturón seguía blanco. El profesor decía que mi problema estaba relacionado con la coordinación de los movimientos; vamos, que si me descuidaba, al dar una patada me metía el dedo chico del pie en el ojo. Una tarde, cuando faltaba poco para terminar la clase, sorprendí a mis padres hablando con el maestro karateca, que miraba serio hacia el suelo mientras mi madre me lanzaba miradas furtivas con lágrimas en los ojos. Entonces supe que ni señor Miyagi, ni kárate a muerte en Bangkok. Ese día colgué para siempre el kimono.

Hace poco pasé por el Shuri-Te y asomé la nariz. Ya no olía tanto a pata y el interior estaba bastante transformado. Creo que ahora te obligan a lavarte a conciencia, frotando bien entre los dedillos, y a ponerte polvos de talco antes de empezar. Lo que no ha cambiado nada de nada es el bodegón Viana. Entré también un minuto y al volver a casa parecía que me había pasado cuatro horas seguidas friendo sardinas en una cocina sin ventilación: toda la ropa, hasta los calzoncillos, directa a la lavadora con doble ración de detergente. Dicen que cuando el viento sopla de sur a norte, hacia la plaza, la nube de fritanga llega hasta el mirador de Jardina. Lo leí en TripAdvisor, así que debe ser verdad.

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