Padibárcenas ‘el Canalla’

Luis Bárcenas
Bárcenas, durante la expedición al Everest.

Corría 1988. Ese año, la Agrupación Tinerfeña de Independientes redactaba un manifiesto contra la creación de la Universidad de Las Palmas, el regatista José Luis Doreste se llevaba el oro en la clase Finn en las Olimpiadas de Seúl, escribiendo las primeras páginas de un mito, y Lorenzo Olarte, que siempre me ha parecido que habla raro, era proclamado presidente del Gobierno regional después de que su predecesor, Fernando Fernández, no lograra superar una moción de confianza.

Dicen que Fernández es radioaficionado. A los radioaficionados los reconoces por la antena enorme que tienen en el tejado de sus casas, fundamental para lograr el mayor alcance posible. Con todos los avances en telecomunicaciones que estamos viviendo, no me explico cómo todavía hay gente que se pasa horas dándole vueltas a la rueda de un dial, navegando entre interferencias hasta dar con una voz, un susurro, un saludo lejano. Cada vez debe ser más difícil encontrar a alguien.

¿Sabes que ese ruido, como las chiribitas de la tele, lo provoca la radiación remanente del big bang? Lo vi en un documental del universo, de esos que presenta el Morgan Freeman. ¿Le escribirán los guiones o lo tendrá todo en la cabeza el tío? Fuerte crack. La primera vez que echaron un capítulo pensé que iba de crímenes o de algo de pánico nuclear. Y entonces salió Saturno, ahí en el espacio, con los planetas. Aunque si te digo la verdad, como Carl Sagan, el de Cosmos, no hay ninguno. En fin, como dice una amiga, «en neto, Carlos, en neto». Es que me lío a la mínima, empato una cosa con otra y cuando me doy cuenta ya no sé de qué estaba hablando al principio.

1988. Yo tenía como 13 años y Luis Bárcenas, el ex tesorero del PP, 31. Veintidós años más que yo en ese entonces y seis menos que los que tengo ahora. Mientras Bárcenas hacía sus pinitos en el mundo del fraude intentando amañar una expedición al Everest, yo recaudaba fondos para el viaje de fin de curso del colegio. Me asignaron una caja de dulces enorme, de cartón del gordo y llena de laguneros, petisús, tocinillos de cielo y unos pasteles de moca con un grano de café encima. De la noche a la mañana me convertí en un minorista, alguien importante.

—Los de crema a 25 pesetas. Los secos a 15. Si no tienes dinero, no importa: llévatelo, pero la semana que viene me pagas 30 si es de crema y 20 si es de los otros.

—¿Y si no te lo pago nunca?

—Te perseguiré hasta el infierno para partirte las piernas.

Todo marchaba sobre ruedas. El Consejo Escolar me daba cajas de dulces, yo obtenía beneficios sin hacer inversión alguna y el colegio recibía su dinero para el viaje de octavo curso de EGB. Imagino que les resultó extraño que moviera tantas cajas en tan poco tiempo, pero hacían la vista gorda: el negocio funcionaba, eso era lo importante.

Me acostumbré pronto a la buena vida. A menudo, antes de entrar a clase, me sentaba un momento en un banco del parque para disfrutar de un bollo gratis. Tenía de sobra. Allí, saboreando una milhoja de merengue y jugando a la maquinita de Popeye, aprovechaba los minutos previos a que sonara la campana para cobrar las deudas. De vez en cuando enseñaba mi bate de béisbol, para imponer respeto. El negocio no podía ir mejor. Estaba en la cresta de la ola.

Hasta que se me fue de las manos. Mi apetito sin límite me hizo pasar de las milhojas a los rulos rellenos de crema pastelera, de los rulos a las pachangas y de las pachangas a las macetas matahambre. Cuando me di cuenta de que el imperio que había levantado se desmoronaba, ya era demasiado tarde: estaba descontrolado, había dilapidado mi fortuna, pesaba 20 kilos más y los profesores, que sospechaban algo, me cortaron el suministro de cajas. Sin embargo, guardaba un as en la manga: había registrado en un archivo de mi Spectrum 48K los envíos de cajas con fechas, nombres de profesores, padres y madres de alumnos y delegados de clase que habían hecho la entrega. Los tenía en la palma de mi mano, estaban todos pringados y podía tirar cuando quisiera de la manta.

Así que lo de Bárcenas me da risa. El mismo año que él intentaba amañar una simple competición de escalada, yo, con veinte primaveras menos, ya estaba de vuelta de todo, había llegado a lo más alto y vuelto a caer, resurgiendo de mis cenizas para hacer públicos mis papeles y provocar una crisis en el Consejo Escolar del colegio Camino Largo, convirtiéndome en el más miserable del barrio. Si me hubiera encontrado a Luis en 1988, seguro que le hubiera vendido un canutillo de chocolate relleno de nata, a 30 pesetas con intereses. Principiante…

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