Lavado a la piedra

VaquerosMi novia Cecilia era una pija. Usaba unas camisas blancas con una especie de babero bordado que parecían de otra época y que yo creía que le daban un toque de distinción. Los sábados, cuando salíamos a dar un paseo por la tarde, se ponía unos mocasines de color granate, parecidos a los que usa De Guindos, pero de mujer. Yo creía que tenía clase; a decir verdad, parecía que en el injusto reparto de aptitudes vitales le había tocado toda la que me faltaba a mí. A menudo solía reprocharme mi escasa elegancia, me miraba de arriba abajo y me espetaba un «tu amigo viste muy bien, tiene tanto estilo». Mi amigo tenía unos Levi’s e iba siempre a la última, así que esa noche, durante la cena, no me quedaba otra que intentar conseguir unos vaqueros nuevos o un polo de esos que le gustaban a mi chica. Todo con tal de que un día fijara su vista en mí y me dijera: «Qué bien vistes Carlitos, vas marcando tendencia».

—Mamá, ayer vi unos…

—No.

—Pero si no he dich…

—Que no. Cómetelo todo, no separes las alcachofas. El niño Jesús llora cuando apartas una alcachofa.

Me cago en todo. Tras muchos años sacándole lo que queríamos poniendo solo cara de pena, mi padre intervino para frenar la codicia sin límites de sus hijos. El cambio se produjo a la vuelta de un fin de semana, una vez que nos dejaron en casa de mi abuela y se fueron, según ellos, de viaje a Las Palmas. Mentira. Estaban en Düsseldorf, asistiendo a un curso sobre el uso de la negación por sistema en interrogatorios, impartido por antiguos líderes de la Gestapo.

—Papá, ayer m…

—No.

—A…

—NO.

—…

—QUE NO.

Intenté consolarme pensando que el estilo se lleva dentro, que da igual que te pongas unos Levi’s nuevecitos o unos Western Rock USA. Western Rock USA. Menuda mierda. ¿A quién se le ocurrió ese nombre? Para mejorar mi look me remangaba los pantalones hasta media canilla, ataba mis Paredes con una doble vuelta de refuerzo alrededor del tobillo y estiraba los calcetines blancos para que quedaran bien a la vista. Un toque personal que me hacía inconfundible, llevara puesto lo que llevara. «Que tiemblen los Chevignones, Liberto Buenos y Americaninos, que aquí llega el nuevo look vaquero del verano», me dije antes de salir de casa.

Ese día, de buenas a primeras, me dejó. Estaba esperándome en un banco de la Plaza de La Catedral y me di cuenta de cómo se fijaba en mis zapatos y en mis pantalones, de aquella cara que puso a camino entre la pena y el alivio por quitarme de encima. Me dijo que no estaba enamorada, que lo había intentado, que yo era muy simpático, pero que no éramos compatibles como pareja. ¿Cómo se puede saber todo eso con quince años? La Gestapo por padres y una ex novia catedrática de la Gestalt. Para pegarse un tiro.

—Aunque te diga esto, quiero que sigamos siendo amigos. Te puedo acompañar de compras. ¿No necesitas unos vaqueros?

—¿Cómo?

—Unos vaqueros. Lavados a la piedra. Dile a tu amigo que venga, así lo conoz…

-No.

-A la piedra. Con tu amig…

-NO.

-Tu amigo. Por la piedr…

-QUE NO.

Caminaba calle Juan de Vera arriba, de vuelta a casa, algo triste y con muchas preguntas rondándome la cabeza sin parar, haciéndome dudar de cosas que siempre había dado por hechas: «¿Qué coño es un lavado a la piedra? ¿Se hace con agua o con piedras? ¿Vale si meto picón en la lavadora en vez de jabón? ¿Por qué sale la ropa como vieja? ¿Están los Western Rock USA lavados a la piedra? ¿Me comprará mamá unos? Esta noche lo intento en la cena».

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