En el sitio equivocado

Atardece en el campo base del Machapuchre. El frío en la habitación del albergue es insoportable y la altitud, cercana a los 4.000 metros, somete a cualquier tarea al freno de la parsimonia. Ateridos, nos forramos de ropa y buscamos refugio en el sala común, procurando no alejarnos mucho del beatífico aliento que escapa de la cocina.

Macchapuchre Base CampAllí se refugian también los nuestros. Birendra, el guía, tiene los dientes tan blancos como oscura la piel. En la penumbra su cara es un destello horizontal que se enciende y se apaga con la cadencia de un faro irregular. Shyam, un porteador liliputiense y escuálido pero con la fuerza de diez caballos, es su némesis introvertida. Apenas le hemos escuchado una palabra desde que empezamos el ascenso al circo del Annapurna.

Juegan a las cartas con otros colegas y de inmediato nos invitan a sentarnos. Llevamos una semana en las montañas, así que conocemos bien las reglas pero no el nombre del juego. Consiste en irse desprendiendo de las cartas de mayor puntuación, para acabar lo más próximo a cero posible. Con cada ronda se anotan los puntos y a partir de un determinado nivel se van eliminando jugadores hasta que solo queda el vencedor.

Tan pronto como se revelan las cartas, Birendra ya las ha contado. Los naipes no han tocado la mesa cuando va desgranando los tantos de cada jugador. No lo frena el hecho de hacerlo en inglés, una lengua que no es la suya. Ni que en ocasiones, según la posición de sus rivales, tenga que leer los tantos cabeza abajo. Mil veces intento ser más veloz que él y otras tantas quedo humillado por su diabólica rapidez mental.

Birendra nunca ha podido ni podrá ir a la Universidad. Apaña como puede un ciclo profesional de turismo, pero su trabajo y sobre todo su salario lo mantienen alejado de los libros. Bastante tiene con pagarle un colegio privado a su hija de cinco años, de cuya inteligencia no para de hablar con orgullo. Su futuro está pegado a las montañas, cuando debiera estar pegado a los logaritmos. Nepal pierde a un ingeniero de los que no le sobran. Pero no por ello deja de asomar sus blanquísimos incisivos.

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El alboroto del recreo hace que los profesores busquen refugio en la cafetería. Frente al cortado, la de Historia me advierte que durante la actividad debo tener paciencia con un alumno en concreto. “Tiene el síndrome de Asperger, así que no entiende los dobles sentidos ni las metáforas, pero ya te darás cuenta. No es difícil de gestionar si te pones en su lugar”. Es el primero de una larga lista de casos problemáticos, que describe con mayor o menor detalle. Me cuenta, por ejemplo, la historia de chavales de 15 años con varios antecedentes penales, que comparten aula con discapacitados intelectuales a los que convierten en víctimas propiciatorias de sus abuso. “Sin embargo, tengo a otro alumno mucho más insoportable. Va tres cursos por delante de lo que corresponde a su edad, así que su cerebro ha madurado pero su comportamiento no. Es un niñato en el más amplio sentido de la palabra”.

Según terminó la frase no pude evitar acordarme de Birendra. No hay lotería más cruel que nacer en el país equivocado.

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