Supersticiones

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A las supersticiones las dejé atrás en noviembre, cuando estaba tomándome un cortado en la plaza de Franchy Alfaro de La Orotava y me llegó por correo electrónico una sentencia del juzgado que me eximía de tenerlas, albergarlas y muchos menos atenderlas. Coño, si lo dice un juez, una jueza en este caso, cualquiera no lo cumple. Hasta ahí llegó la mala suerte identificada con un número, un gato, una esquina de un mueble que desafía a todo el Feng Shui de Oriente y la alineación de los astros, los planetas solares y extrasolares, los satélites de Júpiter y las fechas capicúas del calendario. Sentencia y cuenta nueva.

Me terminé de tomar el cortado apurando hasta el límite la leche condensada que tanto daño me produce y tan buena está; y no me fumé un cigarrillo porque nunca he fumado y no sé ni por qué lado se encienden, que si no lo hubiera hecho.

Algunas semanas después le dio la neura a todo este país y a parte del otro (hay un país que se llama España y otro que se llama Mundo, ¿no?) con el fin de los tiempos, los calendarios mayas y no sé cuantas cosas más. Incluso los niños de ocho años estaban dándole vueltas a eso todo el día, influenciados claro está por todas las chorradas al respecto que les calzamos sus mayores y sus  teletutores. Ejemplo: Fui a dar una charla a un colegio sobre el Universo y las preguntas que los pequeños me hacían no iban sobre las distancias siderales o el brillo de las estrellas, sino sobre qué pasaría cuando se alinearan todos los planetas. No se me ocurrió mucha más respuesta que otra pregunta: ¿qué pasaría si se caen de un manzano todas las manzanas al mismo tiempo? Pues nada.

Y por si fuera poco llegó el 13, el año de la mala suerte, por el número.

Hay que joderse, el 13 de la mala suerte, dicen. Pues anda que el 12 estuvo bien para seguir diciendo que el 13 es un guarismo fatídico. Y resulta, que al menos a mí, todo lo que se ha producido en lo que va de 13 ha sido bueno. Porque todo lo que me había dejado el 12 era una puta mierda.

A partir de ahora sólo puedo sonreír porque creo que veo todo de otro color, desde que dejé las supersticiones en el sobre de la sentencia aquella.

Me estaban haciendo mucho daño, las supersticiones.

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3 comentarios

  1. Sigue investigando tu propia senda y procura que todo el mundo la respete, que nada ni nadie te vuelva a mover de ella.

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