No voy a llorar

Todo es relativo. Cuando nos vemos al borde del desastre y tenemos miedo, los poderosos juegan con nuestros sueños. El problema es que la mayor parte de nuestros sueños son de plástico, materiales, artificiales… Lo que realmente debe enfurecernos (que no amedrentarnos) es la injusticia. Cuando la injusticia nos hiere, perdemos el miedo. Y la verdadera injusticia es privarnos de salud, educación y beneficios sociales para un mayor bienestar de todos. Eso debería enfurecernos. Pero también hay injusticias que cometemos a escalas horizontales: los propios ciudadanos nos apuñalamos por la espalda.

Tenemos que ir más allá y ver el trasfondo de lo realmente importante, el sentido de nuestra pequeñez, la picaresca que impide que este país avance. La horrenda picardía de los que no pagan IVA, engañan a hacienda, evaden impuestos, e intentan ahorrarse hasta la última peseta destinada al estado (y a sus vecinos) sin pensar que nos están robando a todos.

En definitiva, se roban a sí mismos, y encima se jactan de ello: lo que hacen nuestros banqueros no es más que el reflejo de lo que hacen algunos ciudadanos a otra escala. ¿Molesta lo que digo? Aún recuerdo cómo algunos conocidos  presumían de haber pagado la mitad por una radio del coche (seguramente robada) o de sisar en los centros comerciales. Y eso son solo algunos ejemplos, podría seguir y no acabar… Multipliquen esta jactancia, sumándole poder y estulticia, que de eso no nos falta. Eso es lo que tenemos.

A ver si empezamos a darnos cuenta de que el respeto, una moral equilibrada en la que pongamos al que tenemos enfrente en un lugar igual al nuestro (ni por encima, ni por debajo), y un sentido de la justicia igualmente equilibrado, son las primeras armas que debemos blandir.

No me importa si no tengo un móvil de última generación (fabricado en países donde se explota a los trabajadores), si no tengo calzado de última (fabricado por niños explotados en Asia), si no puedo ir de vacaciones (a países donde el sector servicios explota a sus empleados, igualito que aquí). No me importa. Y no pienso llorar.

Porque cuando era pequeña mi padre, muy prosaico, me vio un día llorando por cosas de críos. Se me acercó y me dijo: “En la vida solo hay que llorar cuando se mueran tu padre o tu madre”.

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