Soy Leyenda

Como el verano es más propicio para disfrutar del ocio vuelvo con un análisis doble de libro y película basada en el papel, tal como inicié hace un tiempo con Déjame entrar. La verdad es que me doy cuenta de que mis dos propuestas de literatura + cine viven en el género del terror que, de forma paradógica, no es mi preferido. El caso es que cuando vi la película Soy Leyenda, protagonizada por Will Smith, allá por 2008 me quedé pegada al sillón y se convirtió en uno de  mis deuvedés de sofá de fin de semana. Ya lo sé, no es una película de culto pero a mi me entretiene como pocas y me gustan los aspectos psicológicos del doctor Robert Neville, único especimen en el planeta tierra tras un virus que ha matado al 90% de la humanidad para dejar al porcentaje restante con muy mal aspecto y un mal genio peligroso.

Hace pocos días concluí Soy Leyenda, pero el libro original en el que se basó la película, escrito por Richard Matheson y resulta que apenas comparten nombre de la historia y del personaje principal, porque el resto se parece como un huevo a una castaña.  Esta novela corta da miedo, muchísimo y, más allá de las “pequeñas” diferencias de color, estatura, nacionalidad, profesión y catástrofe familiar entre el papel y la pantalla, el terror psicológico de un hombre, único y solo, es angustioso. La historia y sus personajes son lo de menos, porque la protagonista es, sin duda, la soledad.

Un comentario

  1. La primera hora de Soy leyenda, en la que se describen adecuadamente la rutina diaria y el sentimiento de soledad que acompañan al personaje interpretado por Will Smith en un desolado Nueva York, tiene la virtud de generar en el espectador una curiosidad sostenida. La cosa empieza a aflojar cuando los efectos digitales toman las riendas de la narración y la conducen hacia una convencional historia de acción postapocalíptica. Con todo, este segundo segmento aguanta el tipo gracias a la buena resolución y el alto voltaje de sus escenas más adrenalíniticas. Lo verdaderamente irrescatable del filme es el peligroso mensaje final que desprende la historia: cuando la ciencia falla, siempre nos queda la Fe. Resbaladizo eslogan en una sociedad -los actuales EEUU- en la que el puritanismo creacionista está en alza.

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